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sábado, 8 de febrero de 2014

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 28




Yunho había esperado que fuera doloroso. Vio la luceria caer. Se había preparado para la agonía que sabía estaba llegando, pero nada pasó. Jaejoong había utilizado tanto poder que ya no latía nada en su interior, intentando despedazarlo.
Iba a morir, pero al menos no sería tan doloroso. Estaba agradecido por ello.
Yunho lo tomó entre los brazos y lo abrazó mientras su cuerpo se recuperaba. Los otros Amaterasu les habían encontrado y estaban corriendo hacia ellos. Vio a Hyesung, junto con los demás que habían bajado allí con él. Estaban a salvo. Un poco polvorientos, pero a salvo.
Yunho inclinó la cabeza de alivio. Todo el mundo había logrado salir con vida. Habían rescatado a Victoria, y los restos del hermano de Jaejoong estaban a buen recaudo en la bolsa de lona. Con todo, fue un éxito total. Lástima que no tuviera ganas de celebrarlo.
Donghae se inclinó y comprobó el pulso de Jaejoong.
— ¿Está bien?
—Eso creo. Sólo sobrecargado.
Por el rabillo del ojo, vio a Eric aplastando a su hija en un desesperado abrazo. Hyesung se quedó atrás, observando, retorciéndose las manos como si estuviera ansioso de unirse a ellos. No lo hizo.
—Sé lo que es eso —dijo Donghae. Metió una mano en la hierba y cogió la luceria—. Parece que perdiste esto.
A Yunho le tembló la mano cuando la cogió. Los colores se arremolinaban dentro del collar, aún mas azules, pero no completamente.
Jae no podía siquiera darle otra semana. Sólo una hora. Por mucho que tuviera la esperanza de más, lo entendió. Había cometido errores con él, algunos imperdonables. No se merecía otra semana y lo sabía. Jae también.
Se abrochó la luceria alrededor del cuello y sintió la primera hoja caer de la marca de vida. Se agitó sobre las costillas, y antes de que dejara de caer, otra se le unió. Luego otra.
Vivir hasta la salida del sol había sido una estimación optimista. A este ritmo, solo tendría unas pocas horas como máximo.
Quería pasarlas con Jaejoong, por egoísta que fuera eso. Se juró a sí mismo que no lo dejaría verlo morir, pero se moría por estar con Jae sólo un poco más.
Sólo tenía unos pocos momentos antes de que su alma comenzara a desvanecerse y tenía que dejarlo. No podía confiar en sí mismo de no obligarlo a tomar la luceria de nuevo. No podía confiar que no le haría daño o intentaría esclavizarlo como había hecho antes. Quería un para siempre con aquel muchacho de mirada triste, demasiado para arriesgarse. Estaría más seguro si Yunho fuera a cumplir su destino como había planeado hacer durante décadas.
Lo levantó y siguió a los hombres a los vehículos. Incluso manchado de tierra y pálido por el esfuerzo, seguía siendo hermoso a la luz de la luna. Era un hombre afortunado por haberlo conocido, aunque hubiera sido por unos pocos días.
Unos pocos días con Jaejoong valían más la pena que toda una vida con cualquier persona.


Jaejoong sentía resaca. Le latía la cabeza, tenía la garganta irritada, y estaba bastante seguro que iba a vomitar. Esa idea hizo que se moviera lo suficiente para sentarse. No quería enfermar en su cama.
Cuando se sentó, rápidamente se dio cuenta que no estaba en su cama. Estaba en un coche fuera de una desagradable cueva. Las puertas estaba abiertas y una brisa veraniega se deslizaba sobre su piel. Aron y Minho montaban guardia no muy lejos, recorriendo la zona con la mirada, hablando demasiado bajo para que les oyera.
La noche completa llegó, inundándolo. Lo había hecho. Les había sacado a salvo.
Había encontrado a su hermano, también. Después de ocho años, podía finalmente poner a Ren a descansar.
Las lágrimas le ardieron en los ojos mientras se inclinaba y abría la cremallera de la bolsa de lona. El andrajoso camisón rosa no era más que jirones ahora. Los huesos del interior estaban polvorientos, y no se atrevía a tocarlos. Era el cuerpo de Ren, pero no era todo lo que había dejado detrás. Había traído alegría a todos los que lo rodearon. Le había dado a Jaejoong más buenos recuerdos de los que ninguna persona se merece tener. No había vivido mucho tiempo, pero los años que había tenido habían sido buenos, y los había utilizado para derramar más amor en el mundo que cualquier otro ser que jamás hubiera conocido.
Las lágrimas gotearon sobre la bolsa roja, dejando puntos oscuros.
—Te quiero, bebé —susurró—. Puedes descansar ahora.
Con eso, cerró la cremallera de la bolsa y dejó el pasado atrás. Ren no habría querido verlo triste. Habría querido que viviera, riera y amara.
Yunho.
No estaba por ninguna parte, pero cuando pasó sobre la bolsa para salir y encontrarlo, vio un destello metálico. Su espada estaba envuelta, yaciendo bajo los huesos de Ren en el suelo del SUV.
Nunca iba a ninguna parte sin ella. ¿Por qué la habría dejado detrás?
A menos que no fuera a volver.
Comenzó a entrar en pánico e intentó alcanzarle para poder encontrarlo, pero no había nada allí. Se llevó la mano a la garganta y sólo encontró piel desnuda. La luceria se había ido. El tiempo de ellos había terminado.
Lo había dejado. Pero ¿por qué?
Se arrastró fuera del vehículo y le fallaron las piernas. Cayó al cemento y le ardieron las manos por el impacto. Minho corrió hacia él y le ayudó a levantarse.
— ¿Estás herido? —preguntó.
— ¿Dónde está Yunho?
—Estaba justo aquí hace unos minutos.
Jaejoong señaló la espada.
—La dejó atrás. ¿Dónde está?
Minho lo miró, con la cara inexpresiva.
—Fue a morir.
Aron le dio un codazo en las costillas.
—No tienes que hablar de ello. ¿Dónde infiernos está tu honor?
—Jodido honor —gruñó Minho—. Jae merece saber el resultado.
—Si él se lo ocultó —dijo Aron— es porque esa era su elección. No quería que supiera lo que estaba haciendo.
Jae sufrió en silencio durante un segundo, entonces miró a Minho.
— ¿Qué está haciendo exactamente?
—Iba a derribar a un montón de Yokai a su paso de regreso a la cueva.
— ¿Qué? ¿Por qué infiernos lo haría…? —No tenía tiempo para eso. Ya le pegaría a Yunho cuando lo encontrara—. ¿Por dónde se fue?
Minho lo sabía. Podía verlo en sus ojos.
Jaejoong le agarró por la camisa y le sacudió. Era demasiado grande para que lo agitara mucho, pero él pilló el concepto.
— ¿Dónde fue?
Los ojos verdes de Minho se movieron a la derecha, hacia la espesura de los árboles.
—El sol casi ha salido y él se había ido con suficiente tiempo para hacer el trabajo. No lo encontrarás a tiempo.
Infiernos que no lo haría. Agarró el teléfono móvil de Minho de su cinturón y corrió mientras buscaba en su guía de teléfonos. Tenía las piernas temblorosas, pero lo sostenían porque esto era importante.
El teléfono sonó, pero él no lo atendió. No se molestó en dejar un mensaje en el contestador. Sólo volvió a marcar. Finalmente, en el cuarto intento, atendió.
—Déjame en paz, hombre —gruñó Yunho.
—No —dijo Jae—. No lo haré.
Era evidente que no había esperado encontarlo en la línea.
—Te lo dijeron, ¿no?
—Sí, y no voy a dejarte hacerlo. —Estaba jadeando, apenas capaz de hacer salir las palabras.
—Eso no es una opción, Jaejoong. No voy a permitirme vivir lo suficiente para que mi alma muera. Te quiero tanto, que te haría daño. —Él contuvo un sibilante aliento.
—Ya he perdido a mamá y a Ren. No puedo perderte a ti, también. —La mera idea la desgarraba. Ya había perdido demasiado. Se merecía un poco de felicidad a cambio.
Se internó en el bosque, utilizando el instinto para guiarse. Deseaba todavía tener esa conexión con él, podría darle caza y capturarle con la mente.
—No quiero que te ates a mí por obligación —dijo. La voz era cada vez más débil.
No tenía ni idea de que quería decir él.
— ¿Qué obligación? El amor nunca es una obligación.
La maleza y las ramas bajas le golpeaban el rostro, pero continuó.
— ¿Me amas? —preguntó, levantando la voz con esperanza.
Normalmente, se habría echado atrás y puesto algo de distancia entre ellos. Todo esto iba demasiado rápido, y todavía tenía responsabilidades que tenían que ir primero. Amar a alguien iba a ser una complicación enorme, por no mencionar el hecho de que si lo admitía, no podría esconderlo más. No se podría mentir más a sí mismo.
Si lo amaba, él podría hacerle daño. Si lo amaba y moría, nunca se recuperaría.
—Sí —susurró, aunque si era porque estaba sin aliento o porque tenía miedo de decirlo demasiado fuerte, no estaba seguro—. Te amo.
—Ojalá lo hubiera sabido. Es demasiado tarde ahora.
Él lanzó un profundo gemido de dolor. Podía oírlo cerca, y una fracción de segundo después, resonó por el teléfono. Estaba cerca.
— ¿Puedes oírme? —gritó.
—Te… amo… también. —Las palabras eran tan débiles que apenas podía oírlas.
Vio un atisbo de azul que no pertenecía al bosque. Deseaba como el infierno tener los ojos mágicos de nuevo para que la ayudaran a ver. La luz rosada del inminente amanecer era apenas suficiente para guiarlo.
A medida que se acercaba, vio que el azul eran sus vaqueros. Le había encontrado.
Jaejoong se tambaleó a través de los árboles y cayó a su lado. Estaba recostado en un tronco grueso, desplomado e inmóvil. Los cadáveres de los Yokai cubrían el suelo a pocos metros de distancia. Docenas de ellos. Varios profundos cortes en la carne de Yunho goteaban roja sangre. La piel estaba más pálida a cada segundo. Tenía el pecho desnudo, con la camisa rasgada por el lado derecho donde las garras le habían arrancado, junto con la piel.
El tatuaje sobre el pecho estaba desnudo. Todas las hojas estaban muertas, yaciendo amontonadas a lo largo de la cintura.
Los colores se arremolinaban en la luceria, pero se estaban desvaneciendo rápidamente.
Rezando para que no fuera demasiado tarde, se la arrancó del cuello y se la abrochó alrededor del suyo. Lo extremos se cerraron, pero nada más pasó. Todavía no podía sentirle.
No estaba respirando.
El pánico lo hizo temblar. Le presionó los dedos en el lateral del cuello, intentando sentirle el pulso. Era débil y no estaba totalmente seguro de que no fuera el de si mismo, pero le dio esperanza.
Estiró su cuerpo, sin hacer caso a las ensangrentadas hojas y palitos que cubrían el suelo, le insufló aire en la boca. Su pecho se expandió. Lo hizo una y otra vez.
Entonces lo sintió. Una chispa de poder arqueándose entre sus bocas. Todavía estaba a su lado. Podía sentirle luchando por regresar.
—No te atrevas a dejarme —le dijo—. Te necesito.
El total del poder dentro de él era débil, pero Jae desvió lo que podía y lo utilizó para unir su piel. No sabía qué estaba haciendo, pero tenía que intentar algo para evitar que sagrara.
Le cubrió la boca con la suya para respirar por él de nuevo, pero esta vez no necesitaba ninguna ayuda. Le tomó el aire de los pulmones y lo besó de vuelta.
Le deslizó la lengua sobre los labios y un bajo gemido de placer le vibró en el pecho. Sabía tan bien. Tan vivo. El corazón se le llenó de alivio y gratitud.
Los brazos lo rodearon y los sentó a ambos. La boca dejó la suya y pudo ver los ojos brillando de emoción.
—Dímelo otra vez —ordenó él.
Jae sabía lo que quería oír. Podían sentir el indicio de inseguridad que aún permanecía en su interior, y le amaba tanto que no pudo renegar de él.



—Te amo.
Los ojos se cerraron de placer.
—Dios, suena tan bien.
Cogió la espada prestada de donde había aterrizado sobre las hojas, se arrodilló ante Jae y se hizo un corte superficial sobre el corazón.
—Mi vida por la tuya, Jaejoong. Por siempre y para siempre.
La sangre le goteaba por el pecho, provocando que el estómago se le retorciera más fuertemente.
—Realmente desearía que dejaras de hacer eso. Acabo de remendarte.
Ignoró el reclamo y lo miró con tal intensidad que tuvo la necesidad de apartar la mirada.
—Dame tu voto. Lo necesito.
Lo necesitaba. Para siempre. Eso era lo que quería, y le asustaba como el infierno.
Aun así, a pesar que tenía miedo de atarle a una persona que había cometido tantos errores, estaba más asustado de dejarle ir. Había visto todos sus fallos. Sabía que había un montón de gente a la que había decepcionado. Sabía que les había dejado morir. Y todavía lo quería. Confiaba en él.
Lo hacía sentir humilde y sin embargo le daba fuerzas para confiar en sí mismo. No era perfecto, pero no tenía que serlo. Siempre estaría allí para cuando Jae fuera débil. Siempre estaría allí para Jae, y punto.
—Te necesito, también. Así que, mientras no te canses de mí, voy a estar ahí a tu lado.
Mientras la calidez de la promesa se apoderaba de Jae, una sonrisa de masculina satisfacción le curvó la boca.
—Eres mío ahora, Jaejoong, porque nunca me voy a cansar de ti.
—Entonces, tal vez debería volver a formular mi voto —bromeó.
—Oh, no, no lo harás. Te tengo justo donde te quiero. Para siempre. —Lo atrajo hacia sí e inclinó la cabeza para besarlo mientras los primeros rayos del amanecer rompían a través de los árboles.



Jaejoong contuvo la respiración. Victoria se quedó junto a la cama de Kibum. Siwon había utilizado todo el poder que había recogido en el ataque al Castillo Matsumoto y había dejado de ayudar a Kibum, al menos durante otra semana, por lo que Victoria era la mejor oportunidad que tenía ahora.
Yunho estaba a su lado, su fuerte brazo alrededor de Jae. Su dedo pulgar le acariciaba la cintura, aliviando algunas de las tensiones que habían ido creciendo en su interior desde que habían llegado a casa.
Y el Castillo Matsumoto era su hogar ahora, aunque uno extraño.
Victoria frunció el ceño y puso su pequeña mano sobre la frente de Kibum. Un momento después, la retiró como si le quemara.
—Pobre chico —dijo Victoria—. Si se recupera no será por tu mano.
Jaejoong se apoyó contra Yunho, débil por la decepción. Él lo acogió en sus brazos, sólido e inflexible.
— ¿Qué quieres decir? ¿No hay nada que pueda hacer?
—Me temo que no.
La frustración brillaba en su interior. Se sentía impotente. Incluso con todo el poder que ahora poseía, todavía no podía ayudar a Kibum.
—Sin embargo, hay esperanza —dijo Victoria—. Tú me rescataste, así que yo te ofrezco este beneficio.
— ¿Cuál? Cualquier esperanza que puedas darme será más que bienvenida.
—No hay nadie aquí que pueda ayudarlo. No puedo ver quién es, pero siento que él ya ha empezado el proceso.
— ¿Él? Entonces… ¿Taemin?
—No. Taemin, no. Él es un alma de curación, y da a Kibum un gran consuelo, pero eso es todo.
— ¿Qué debo hacer, entonces? —preguntó Jaejoong.
Victoria le dirigió una sonrisa tan llena de sabiduría que ninguna niña de ocho años debería poseer.
—Nada.
— ¿Nada?
—Ya has hecho todo lo que has podido. Lo trajiste aquí. Que, o bien será suficiente o no lo será.
— ¿Y no puedes decirlo?
—No, no lo diré. Ya no es mi turno.
Jaejoong estaba tratando de averiguar lo que quería decir pero estaba teniendo dificultades para seguirle la corriente con todas esas enigmáticas palabras.
— ¿Qué quiere decir, no es tu turno?
Victoria inclinó la cabeza haciendo que sus rizos también se inclinaran.
—Tú eres un hermano. Sabes lo que es tener que compartir. ¿Nunca has aprendido a hacerlo por turnos?
El cuerpo de Yunho se tensó a su lado.
— ¿Estás diciendo que Amber puede ver las cosas de la misma manera en que tú lo haces?
—No he dicho nada de eso. Eso iría contra las reglas.
Dio media vuelta y se fue, pero se detuvo en la puerta. Sin volverse, dijo:
—Vais a ser felices juntos. No tengo que romper ninguna regla para decirte eso.
Después de que se hubiera marchado, la habitación parecía extrañamente vacía.
—De acuerdo —dijo Yunho—. Es evidente que todavía hay algunas cosas que no sé de por aquí.
—Bienvenido al club. ¡Santo cielo, esa chica es muy rara!
—Te acostumbrarás a ella —dijo Yunho.
—Supongo que voy a tener que hacerlo, ¿no?
Él se inclinó y lo besó a un lado del cuello, haciendo que la piel se acalorara. Sus brazos se sentían bien alrededor. No sabía cómo hubiera sobrevivido sin él. Era tan parte de sí mismo que apenas podía distinguir la diferencia entre la presencia de él en el interior de su mente y la suya.
Su lengua se deslizó hacia abajo hasta que tocó el borde de la luceria. Tan pronto como lo hizo, no fue sólo la piel lo que se puso caliente. Jae se derretía por dentro, sólo por Yunho. Su malvada sonrisa le dijo que lo sabía también.
—Sí. Por ti. Porque nunca voy a dejarte ir.









Kibum se despertó de repente, como si alguien hubiera gritado su nombre. El muchacho en la esquina de la habitación se había quedado dormido con un jersey de punto en el regazo. Kibum no lo conocía pero no tenía miedo.
Por primera vez en ocho años, no estaba asustado.
La sensación lo mareó, y aunque tenía el cuerpo débil, se levantó de la cama dejando la débil carne atrás. Tenía que irse ahora.
Le llevó un momento acostumbrarse a la sensación de flotar fuera del cuerpo. Estaba tan acostumbrado al hambre insaciable y al dolor profundo que la pérdida lo ponía nervioso, casi lo hizo sentirse solo sin su constante compañía. Kibum volvió a mirar a la cama donde yacía la concha vacía que hacia de cuerpo para él. No reconocía a esa persona. Ese esqueleto.
Una vez más, sintió una oleada de reconocimiento, como si alguien lo estuviera llamando.
Tenía que ir con él. Lo necesitaba.
Kibum salió de la sala, por la puerta que estaba enfrente, hacia un largo pasillo. No sabía dónde estaba pero sabía adónde iba. El instinto le guiaba como una flecha, y corrió a través de los oscuros y desiertos pasillos, flotando sobre el suelo.
Estaba cerca ahora. Podía sentirlo, sentir su poder. Había llegado a casa, aunque no tenía ni idea de cómo sabía que era el caso.
La puerta se parecía a todas las demás, pero para Kibum, era un hervidero de poder. Presionó las manos contra ella y se deslizó a través de la madera con facilidad. Él estaba allí. Durmiendo. No quería despertarlo. Necesitaba descansar; era la única manera de escapar de su dolor. No quería hacerle daño. Por eso necesitaba estar cerca de él. Para calmarlo. Para llevarse su dolor.
Kibum se deslizó a través de la puerta de la habitación que se parecía mucho a la que él mismo acababa de dejar, pero sólo en la superficie. Ese lugar era una casa de dolor y tormento. Era una casa de tristeza y desesperación. Aun así, era el lugar más reconfortante en el que había estado porque él estaba allí.
Cuando flotó en la habitación y cayó en la cama, él no se despertó. No estaba seguro de si podía sentirlo o no, pero se arrimó a él y cubrió su cuerpo con el suyo. La calidez de su piel se unió a la suya, ahuyentando el frío constante en las extremidades.
Como si sintiera su necesidad de calor, él se movió en sueños. Colocó su grueso brazo alrededor del cuerpo de Kibum, sujetándolo en el sitio con su grueso muslo. No pasó a través de Kibum. Era como si él fuera lo único real en ese mundo etéreo.
Tenía el espíritu rodeado de su calor, de su olor.
Esto era lo que necesitaba. Él era lo que Kibum necesitaba. Ahuyentaba el terror que siempre le perseguía. Incluso la más vil de las criaturas temblaba ante él. Mientras estuviera con él, no podrían hacerle daño.

Ya no.





…fin…

Este fic es una adaptación, no es mío, yo sólo lo adapto. OJO NO ES MÍO YO SÓLO LO ADAPTO. ORIGINAL: ENCONTRANDO LO PERDIDO  - SHANNON K. BUTCHER. PAREJA PRINCIPAL: YUNJAE

viernes, 7 de febrero de 2014

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 27

Un estruendo sacudió el suelo alrededor del cuerpo de Jaejoong. El polvo se derramó desde el techo, seguido de pequeñas rocas. Miró hacia arriba impactado y vio que una grieta se estaba formando. Y se ensanchaba.
Yunho sacó a Jaejoong del camino y lo empujó hacia el túnel para cubrirlo justo cuando las grandes rocas comenzaban a caer.
Los gritos se elevaban desde el lado contrario de la caverna. Hyesung gritó. Entonces Jaejoong no pudo oír nada excepto el sonido de rocas crujiendo unas contra las otras mientras llenaban el espacio.


—Baja al túnel —gritó Yunho, empujándolo para ponerlo en movimiento.
Jaejoong se movió. La adrenalina hizo que los brazos y piernas se movieran tan rápido como los latidos del corazón. Corrió por el túnel hasta que se lanzó en una fosa poco profunda. Se deslizó fuera de la abertura y bajó hasta que estuvo de pie sobre un nicho de roca. Se movió hacia adelante para que hubiera suficiente espacio a su lado para Yunho.
El polvo le cubría el cuerpo, y tenía un feo rasguño en la mejilla.
— ¿Estás bien? —la preguntó en medio de una tos.
—Sí. ¿Y tú?
Él asintió distraídamente, pero estaba mirando el camino por el que llegaron, como si esperase ver al resto del grupo.
—Quedaron atrapados al otro lado, ¿verdad? ¿No debajo de todas esas rocas? —rezó por que fuera cierto.
La expresión sombría de Yunho no le dio mucho consuelo. Tenía la mandíbula apretada con furia, y los ojos prometían retribución.
—Estamos por nuestra cuenta ahora. Podemos regresar o avanzar hacia la trampa. ¿Qué quieres hacer?
—Aún si es una trampa, no podemos dejar a Ren aquí. O a Victoria. Al menos ahora sabemos lo que está por llegar.
—Si les rescatamos, no vamos a tener ninguna diversión tratando de encontrar una salida.
—Haré volar una abertura si lo necesito.
En ese momento, la luceria cayó del cuello. Jaejoong la atrapó antes de que pudiera golpear el suelo.
Yunho soltó un suspiro dolorido.
—Nuestro tiempo se termina.
—Necesitamos más —dijo Jaejoong.
—Esa es tu decisión. No la mía.
— ¿Qué hago?
—Póntela. Dame un nuevo voto. —Se veía como si estuviera a punto de decir algo más, entonces apretó los labios.
Jaejoong aseguró la luceria de regreso a su lugar. Los ojos de Yunho fueron hacia allí y la mirada de nostalgia en su rostro casi lo hizo llorar. Él cayó de rodillas y se cortó una línea en la piel, a través de la camisa.
—Mi vida por la tuya, Jaejoong. Siempre.
Jaejoong vaciló. Necesitaba tiempo para pensar. ¿Qué le ocurriría a Yunho si muriera al llevar puesta esta cosa? ¿Qué pasaría si no lograra salir con vida? Era una trampa. Tenía que recordar eso.
Él quería un para siempre. No podía permitirse querer eso también. Al menos no hasta que estuviera seguro de que no sería una carga para él... Hasta que su gente supiera si había más parejas como Jae allí afuera, que pudieran ser una mejor pareja para él.
Él creía que quería un para siempre ahora, ¿pero qué pasaría si encontraran a más parejas la semana que viene? No quería atraparlo. No quería que fuera su culpa y terminará arrastrando a Yunho a la muerte, al final todo sería su culpa. Yunho debería poder tener una opción si estropeaba esto y fallaba en sacar a todo el mundo vivo.

—Una hora —susurró—. Eso debería ser suficiente para que salgamos de aquí, ¿verdad? Si no, podemos ir a por otra hora.
La boca de Yunho se apretó y la mandíbula se trabó con furia.
—Una hora. Ahora entiendo.
No estaba seguro de lo que entendía, pero no lo dejaba entrar en su mente para que pudiera aclararlo. Estaba frío y rígido a su lado.
La banda alrededor del cuello se apretó, se acomodó sobre la piel. No apareció ninguna visión, pero realmente no necesitaba ninguna para saber cómo se sentía. Estaba cabreado.
—Será mejor que nos movamos.
Jaejoong ansiaba explicarle, pero no había tiempo.
—No es mucho más allá.
Se movieron el resto del camino cuidadosamente. Yunho mantuvo los ojos en el techo de roca por encima de ellos, buscando más señales de peligro.
La mayor parte de esa hora había pasado para cuando se acercaron a un rincón y Jaejoong sintió que una oleada de maliciosa intención barrió sobre él. Le robó el calor del cuerpo hasta que los huesos le dolieron de frío. Se paró en seco, incapaz de dar otro paso.
Un gemido profundo de Yunho le dijo que lo había sentido también.
—Esto no es bueno —dijo él.
—Que me vas a contar.
—No. Quiero decir que no podemos permanecer aquí mucho. Esto nos matará.
No le molestaba la idea.
—Eso no eres tú. Es la niebla hablando. Ignóralo. Piensa en algo feliz y ponte en movimiento.
Algo feliz. La cara de Ren surgió en la cabeza. La sonrisa torcida exhibiendo el hueco de los dos dientes frontales. El olor de su pelo cuando habían descansado sobre el sofá juntos y habían visto dibujos animados. El sonido de su risa nerviosa cuando lo había hecho girar a su alrededor sujetándolo de los brazos.
Ahora tendría dieciséis años si hubiera vivido... Demasiado grande para hacerlo girar.
Sentía la bolsa vacía sobre el hombro como si pesara una tonelada. No era grande, pero Yunho le había prometido que sería lo suficiente espaciosa para contener los huesos.
—Eso no es feliz —dijo Yunho.
Jaejoong intentó reenfocar los pensamientos, pero no fue fácil. Tenía demasiadas cosas bailando alrededor del cerebro para concentrarse.
—Vamos solo a terminar con esto.
Yunho desenvainó la espada y dieron juntos un paso hacia la esquina. Una jaula de metal de cerca de tres metros por cada lado estaba en la esquina lejana de la caverna. El suelo estaba cubierto de basura, huesos y pedacitos de pelaje. Dentro de la jaula, Victoria estaba sentada abrazándose las piernas. Al lado de ella había una pila de huesos y restos andrajosos de ropa. Un camisón rosado. El color del camisón en el esqueleto se había desvanecido poco a poco con el paso del tiempo, y estaba cubierto de polvo, pero sabía que era rosado porque lo reconoció. Había sido el favorito de Ren... Uno que le rogaba a Jaejoong para que lo lavara para poder usarlo de nuevo cada noche.
Alcanzó el brazo de Yunho para estabilizarse. Apenas podía respirar. Ver el cuerpo de su hermano después de todos estos años era más de lo que podía aguantar. La pena casi lo aplastó y le rasgó el corazón hasta que ya no le importó si aspiraba el siguiente aliento. Si la muerte aliviara este dolor, entonces le daría la bienvenida. Se envolvería alrededor de su hermano y dejaría que viniera a llevárselo.

—Detente con eso —gruñó Yunho—. Estás dejando entrar a la niebla.
Ante el sonido de su voz, Victoria levantó la cabeza. Jaejoong esperaba ver lágrimas, pero los ojos azules estaban secos y su cara estaba tranquila. Sólo la voz reveló su decepción.
—No deberías haber venido. Mi hermana va a matarnos a todos ahora.
Otra Victoria bajaba flotando desde una cornisa por encima de ellos. La falda negra se hinchó mientras se situaba en el suelo. Esta Victoria tenía ojos negros y una sonrisa cruel ladeando la boca pintada.
—No voy a matarlos a todos —dijo la chica—. Te necesito a ti, hermana, y a tu bonita alma brillante.
Repentinamente, las cosas comenzaron a encajar en su lugar para Jaejoong. Todas las pequeñas diferencias tuvieron sentido. Había dos de ellas. Jaejoong de alguna manera había terminado en la cabeza de esta niña cuando fue a buscar a Victoria. Había encontrado a Victoria cuando había estado en su cama, pero una vez que tuvo a la muñeca para contactarla... La de ojos negros vidriosos... De alguna manera había alcanzado a la otra niña en su lugar.
Yunho dio un paso al frente, cubriendolo.
— ¿Quién diantres eres tú?
—Amber. Victoria es mi hermana. Pensé que el parecido era una señal obvia.
—Mantente lejos de ella —advirtió Victoria—. Es peligrosa.
—Demasiado tarde para eso. Deberías haber escuchado cuando tuviste la oportunidad —dijo Amber. Levantó la mano diminuta y monstruos fluyeron como agua, babeando fuera de los altos túneles arriba de las paredes. Aterrizaban como pesadas gotas de lluvia o se arrastraban hacia abajo por las paredes de la caverna, adhiriéndose como arañas.
El miedo se apoderó con firmeza de Jaejoong y le pegó los pies a la tierra. Había muchos de ellos. Ella y Yunho no iban a atravesar esto con vida.
—No hay tiempo para eso —dijo Yunho—. Trabajaremos codo con codo —agarró su brazo y lo arrastró hacia la jaula que contenía a Victoria—. Vamos, Jaejoong. Te necesito aquí conmigo.
Correcto. Victoria lo necesitaba, también.
Jaejoong se dio una palmada mental e intentó pensar en lo que podría hacer para salvarlos. No había forma de que pudiera combatir con todos ellos. Lo que en realidad necesitaba era encontrar la manera de impedir que los monstruos les lastimaran.
No sabiendo qué más hacer, formó una burbuja alrededor de ellos para mantener atrás a los monstruos babeantes. Se requirió de una enorme cantidad de poder... Más de lo que alguna vez había usado antes. Las terminaciones nerviosas gritaron ante la fuerza de esa cantidad de energía viajando a través de él, pero se las arregló para traspasar el dolor.
Cosas peludas, con garras hicieron eco fuera del escudo mientras iban a la carga, haciéndole ondear como olas sobre un estanque.
—Eso funcionará —dijo Yunho, el orgullo vibrando en la voz—. ¿Cuánto tiempo lo puedes sostener?
El sudor ya empezaba a perlar la piel por el esfuerzo.
—No lo sé.
—Me apresuraré.
La correa de la bolsa sobre el hombro desapareció. Jae no se podía permitir distraerse pensando en lo que eso significaba, así que no lo hizo. Oyó el chirriar del metal doblándose demasiado rápido y una suave palabra de agradecimiento de Victoria.
Los monstruos golpearon el escudo, y sintió cada uno de los impactos como un martillo pesado explotándole en el cerebro. El sudor se deslizó por las sienes y las piernas comenzaron a temblarla. El poder de Yunho fluyó dentro de él, pero destinó todo lo que la llegaba al escudo, no dejando nada para recobrar las fuerzas. Se sintió hueco... Una delgada concha de piel quebradiza era todo lo que quedaba de sí, y que amenazaba con desmoronarse.
El seco golpe de huesos llenó sus oídos, tuvo que cubrirlos y bloquear el sonido. Yunho estaba recogiendo lo que quedaba de su hermano. Pobre, dulce Ren.
Lo siento, cariño.
Las lágrimas se unieron al sudor que la corría por el rostro.
El escudo vaciló y una de las cosas con ojos verdes encendidos lo atravesó.


— ¡Yunho! —gritó, y levantó las manos para canalizar más poder hacia la brecha. No estaba seguro si el movimiento de la mano sirvió de algo, pero valía la pena intentarlo.
La espada de Yunho entró dentro de su campo visual. Cortó a través del aire entre Jae y el monstruo que embestía, cercenando una de las patas de la bestia. La cosa aulló y la sangre negra salió a chorros sobre las rocas.
Lo terminó con una serie rápida de cortes que enviaron la cabeza rodando lejos. Pateó el cuerpo hasta donde el escudo lo permitiría, donde se retorció mientras la sangre se drenaba de eso.
Jaejoong volvió a formar el escudo para conseguir que la cosa se alejara de todos ellos antes de que la sangre los pudiera quemar. Sintió el calor de la luceria mientras forzaba aún más poder dentro del cuerpo. El sudor se evaporó de la piel en pequeñas guedejas de vapor. La cabeza le latía al ritmo de los choques de los monstruos contra el escudo.
No iba a poder sostenerlo mucho más tiempo.
Una mano pequeña, fría se metió calladamente en la suya.
—Puedes hacer esto —dijo Victoria, la voz infantil estable y confiada, como si no hubiera pasado ese día encerrada en una jaula con los restos del hermano que Jaejoong no había podido salvar.
—Tiempo de irse —gritó Yunho.
— ¿Ir a dónde? —jadeó Jaejoong. Estaban rodeados. Sólo la burbuja que había construido mantenía alejados a los demonios. Ya los monstruos lo estaban cubriendo, rascando y arañando, como si trataran de encontrar un camino hacia dentro.
— ¿Cómo te sientes sobre volar? —preguntó Yunho.
—Es genial si estoy dentro de un bonito caparazón de metal.
—El camino por el que entramos está bloqueado. No veo ninguna elección aquí.
Ni tampoco Jaejoong. Mierda. Tanto que no quería hacer esto.
—Arriba será. Agárrate.
Yunho la deslizó la mano alrededor de la nuca, trabándolos, liberando más de su poder para que fluyera dentro de Jae. Victoria se le aferró a su cintura y Jaejoong se agarró de los hombros de Yunho.
—No puedo creer que esté haciendo esto —masculló antes de poner toda su atención en la tarea.
La energía brotaba de Yunho, lanzándose a su disposición. Jae dejó que la burbuja se encogiera hasta que estuvieron nariz con nariz con los monstruos hambrientos. Tuvo que cerrar los ojos para bloquearlos fuera, para poder concentrarse, pero de alguna manera se imaginó cómo usar una explosión de fuerza para empujar la burbuja del suelo. No fue muy lejos, y trataron de acurrucarse en el centro de la esfera, pero se elevó, dándole a la confianza de que realmente podría funcionar.
Empujó más duro, y uno por uno, los monstruos comenzaron a deslizarse fuera del suave escudo, aligerándolo y facilitando moverse. Algunos todavía se aferraban con piernas de insectos, pero no lo podía evitar.
El techo estaba llegando a ellos rápido ahora, y no podía encontrar la manera de bajar la velocidad.


—Vas a tener que abrirte paso —dijo Yunho.
—Hay mucha roca por arriba.
—No —dijo Victoria—. Estamos sólo algunos metros de profundidad.
Algunos metros. Podría hacerlo si eso era lo qué se necesitaba para llevar a Victoria y a Yunho a la seguridad. Para meter el cuerpo de su hermano en la tumba vacía junto a la de su madre.
Jaejoong contempló la roca, buscando un punto débil. Una sola hendidura se extendía por toda la longitud del espacio desde una esquina, así que apuntó a eso.
Jae formó una cuña de aire, al igual que la burbuja del escudo, la endureció con la mente, y empujó la cosa en la grieta.
El cuerpo le vibró bajo la presión, y sintió los ojos como si se la fueran a evaporar bajo el calor que brotaba. En algún punto había dejado de sudar, o tal vez sólo se secaba más rápido de lo que el cuerpo generaba. Cualquiera que fuera el caso, estimó que tenía otros pocos segundos antes de que se desmayara completamente y todos ellos aterrizaran en el centro de la masa de dientes y garras de abajo.
No iba a permitir que terminara así.
Se le formaban puntos blancos en la vista, haciéndole difícil ver, pero podían sentir el aliento de Yunho en la oreja mientras le hablaba.
—Lo estás haciendo muy bien. Sólo un poco más.
Estaba empujando la energía dentro de sí mismo ahora, ayudándolo tanto como podía. Lo recogió, aforrándolo hasta que la presión fue demasiado para sujetarlo. Apenas podía ver ahora, justo lo suficiente como para distinguir el lugar donde había empujado la cuña.
Jaejoong lo soltó, golpeando ese punto con la fuerza de un ariete. Las rocas llovieron sobre ellos, y debajo del trueno de piedras, podía oír los gritos doloridos de los monstruos mientras eran aplastados. La burbuja se mantuvo, resguardándolos de los trozos grandes, pero los granitos de arena comenzaron a atravesarlo. El escudo se estaba debilitando, y no iba a resistir por mucho más tiempo.
—Una vez más —jadeó Yunho. Sonó sin aliento.
No podía verlo ahora. No podía ver nada. Dejó que el instinto lo guiara mientras reunía la fuerza y aporreaba la cuña otra vez. Otra tanda de rocas cayó en cascada. Esta vez trozos del tamaño de grava estaban atravesándolo.
— ¡Veo las estrellas! —gritó Victoria.
Jaejoong no podía, pero creyó en la voz excitada de la chica, y guió la burbuja hacia arriba para que pudieran salir del infierno.
—A la izquierda —dijo Yunho—. Allí.
Los oídos le comenzaron a zumbar y ahora no podía oír nada, tampoco. No estuvo seguro si estaba afuera del hueco de la caverna o no, hasta que sintió el triunfo de Yunho cantando a través del enlace.
Condujo la burbuja lateralmente, asegurándose de que no cayeran de nuevo dentro del hueco una vez que la burbuja reventara de pronto.
Estamos a salvo. Puedes dejarla ir ahora.
Era la voz de Yunho en su cabeza, la presencia reconfortante; así que la dejó ir. Aterrizaron con un golpe.
Aspiró enormes bocanadas de aire y se recostó en el pasto frío. El corazón le martilleaba, desacelerando con cada pulsación. Podía sentir los dedos de Yunho entrelazándose con los de él y deleitándose con el orgullo irradiando de Yunho. Lo había conseguido. Los había sacado vivos.
Y entonces su presencia se fue como si alguien hubiera apagado un interruptor. Trató de alcanzarlo en su mente, pero se estrelló contra una pared. No estaba allí. Estaba solo otra vez.
La luceria se abrió y se deslizó desde el cuello hasta el pasto. Trató de alcanzarla, pero los brazos no funcionaban. Nada funcionaba. Todo estaba roto ahora, y Yunho se había ido.

El mundo se desvaneció y no hubo nada que pudiera hacer para detenerlo.


Este fic es una adaptación, no es mío, yo sólo lo adapto. OJO NO ES MÍO YO SÓLO LO ADAPTO. ORIGINAL: ENCONTRANDO LO PERDIDO  - SHANNON K. BUTCHER. PAREJA PRINCIPAL: YUNJAE