lunes, 29 de julio de 2013

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 2

 
A Yoochun le gustaba un poco de carácter en sus parejas, pero esto era ridículo. Había visto al pequeño camarero sexy salir de una esquina con un cuchillo. Después del truco con el que había salido con ese punzón, no dudó ni por un segundo que lo usaría. Sabía que lo haría. El rastro de sangre que bajaba por su brazo era prueba de ello.
— ¿Quieres jugar, pequeñito? —Le preguntó, acercándose al acecho. Era tan malditamente hermoso que solo quería devorárselo. Los grandes ojos marrones eran oscuros, igual que el chocolate amargo, lo cual suponía que pegaba bien con su personalidad. Había sido todo azúcar y sonrisas cuando les había tomado los pedidos y llevado las cenas, pero tan pronto como pensó que sus amigos estaban en peligro, toda esa dulzura voló, dejando a la verdadera persona que había debajo. Feroz. Adorable. Su encantadoramente acentuada barbilla no lo engañaba. Era todo espíritu y oscuridad, y eso le encantaba.
Junsu no era muy grande, pero eso no era culpa suya. Estaba muy bien constituido, ese erizado pelo de chico malo y el breve vistazo del tatuaje que tenía bajando la espalda realmente a él le funcionaba. Yoochun no estaba seguro de qué imagen era –sólo tuvo una impresión de las sinuosas curvas – pero no le importaba. Le gustaba que fuera lo bastante resistente como para aceptar el dolor, que tuviera la voluntad de hacer ese pequeño sacrificio por algo que encontraba hermoso.
Este vicioso borde que mostraba ahora sólo era un bonus añadido.
Ahora, si pudiera conseguir que bajase el cuchillo, podrían tener una encantadora, larga charla, y quizás si le dejara hacer su trabajo, le dejaría ver cuán lejos llegaba ese tatuaje en sus pantalones bajos.
Por el rabillo del ojo, Yoochun vio que la pequeña anciana había recuperado su andador y se estaba dirigiendo al teléfono. La última cosa que necesitaban era que ella llamase a una dotación de policía humana para rematar las cosas.
Lo que había hecho Eunhyuk era suficiente diversión para una noche.
Eunhyuk ahora estaba sentado, lo cual era una buena señal, pero la puesta del sol sería en menos de un minuto, y una vez sucediera eso, las cosas irían de feo a jodidamente feo en un latido de corazón. Esos demonios eran igual que famélicos bichos que salían de las oscuras y húmedas madrigueras y empezaban a cazar. El olor de la sangre que bajaba por el brazo de Yoochun sería uno de los primeros lugares en los que harían una parada.
Junsu estaba rodeándolo a su derecha, hacia la anciana, como para protegerla. Como si alguno de los Caballeros de la Luz fuera a herir a alguna anciana. Por supuesto, el camarero no podía saber eso.
—Baja el arma, cariño. Ha habido bastante sangre derramada por esta noche.
—Te diré cuando haya tenido bastante sangre. —Escupió.
Yoochun quería besar esa violenta boca suya. Antes, cuando había sido “Junsu el Camarero”, había pensado que era bastante bonito aún para ser un chico, pero ahora que era Junsu el vengador, era glorioso. Apabullante.
Se movió hacia delante, manteniendo la mirada sobre el cuchillo mientras reunía una pequeña porción de energía del aire. El añadido poder hería como el infierno, pero necesitaba marcarlo. No podía dejarlo ir, no sin asegurarse que tenía una manera de mantener las marcas sobre él. Un pequeño toque y dejaría una marca que sería capaz de seguir en cualquier lado. Todo lo que tenía que hacer era acercarse lo bastante para tocarle sin hacerlo abiertamente. Kyuhyun no apreciaría tener que prescindir de él antes de que la noche hubiese siquiera empezado realmente.
Junsu no se volvió. No cedió una pulgada. El cuchillo brilló en su agarre y Yoochun se sintió a sí mismo sonriendo. Él realmente era sorprendente y encantador.
Se acercó, contando los segundos que le llevaría a la anciana alcanzar el teléfono. Quizás quince. Era suficiente para desarmar a Junsu y dejar la marca.
Yoochun se abalanzó hacia Junsu, pateando el cuchillo cuando éste se deslizó ante él a un escaso segundo de ser demasiado tarde para hacer algún daño. Le agarró la muñeca para mantener el cuchillo al borde, y tiró del cuerpo contra el suyo, su espalda contra su pecho. Bajó el brazo que tenía cruzando sobre su cuerpo para sostenerlo, podía sentir la rápida elevación y caída de su pecho y el frenético latido de su corazón.
Durante un breve segundo, vaciló. Él le tenía miedo. No quería eso.
Dejó ir la energía que había reunido y sintió una ardiente acometida de poder saltando de su mano a través del índice, el cual presionó ligeramente contra el antebrazo de Junsu. Él jadeó aterrado y se dejó ir.
Yoochun abrió la boca para tranquilizarlo, pero antes que pudiera decir una sola palabra, una gigante columna de fuego salió de la cocina y barrió a través del techo, haciendo un agujero en la azotea.
Se habían quedado sin tiempo, los demonios estaban allí y estaban cabreados.
—Cambio de planes —gritó Yong Ha. Eunhyuk apenas pudo oírle por encima del sonido de los platos explotando por el calor del fuego en la cocina del comedor. Con lo rápido que se estaba propagando el fuego, no había manera de que aquello fuera natural.
Alguno de los demonios que cazaban, tenía el poder de llamar al fuego. Lo usaban para crear pánico, de modo que pudieran reunirlos en grupos y asediarlos cuando huyeran.
Los Yokai que habían causado ese fuego debían estar cerca de ellos, quizás incluso acechando en el exterior, esperando a que los últimos resquicios de sol se desvanecieran.
Eunhyuk tenía que poner a todos a salvo. Especialmente a Donghae.
Tiró de Donghae apretándole contra él, asegurándose de que la cabeza estaba inclinada para protegerle de las brasas de fuego voladoras. Una vez había visto el fuego, se había congelado con una mirada de rígido terror en el rostro. Estaba pálido, temblando, y ya no se resistía a él. No era una buena señal.
Yong Ha todavía estaba junto a Eunhyuk incluso aunque Junsu agitaba un cuchillo alrededor, pareciendo alguna especie de débil orden, y la Señorita Boa avanzaba a pasitos hacia el teléfono.
—Salgamos de aquí —gritó Yong Ha —. Kyuhyun tendrá que alcanzarnos. ¿Puedes caminar?
—No hay problema —dijo Eunhyuk. Lo que quiera que hubiese sucedido cuando su poder interno lo hizo sentirse mal, ahora estaba bien. Mejor que bien. Estaba listo para echarse sobre toda la jerarquía de Yokai él mismo y recuperar la espada de Eli con una sola mano si fuera necesario.
Todavía estaba agarrando la muñeca de Donghae y se aseguraría malditamente de no dejarle ir. Esa marea de agónico dolor que se había precipitado sobre él cuando lo había apartado había sido suficiente. No era una lección que necesitara una segunda vez para aprenderla.
—Encárgate de él —dijo Yong Ha —. Yo cogeré a la anciana y dejaremos que Yoochun se las arregle con Rambo.
Eunhyuk asintió y se puso de pie, tirando de Donghae con él. Donghae apenas respondía, parecía que tenía los ojos pegados al fuego.
Había dejado caer su mochila en algún sitio, el cual se detuvo a recoger junto con el bolso de la Señorita Boa.
No tenía sentido dejar obvias pistas de ellos en la escena de lo que podría haber sido un incendio provocado. Los incendios como ese a menudo eran reportados como provocados porque nadie podría imaginarse cómo empezaron. Suponía que probablemente no habría un pequeño archivo donde apareciera la palabra magia en la mayoría de los informes de incendios.
Eunhyuk levantó el obediente cuerpo de Donghae en sus brazos y se dirigió a su Chevy Tahoe. Los últimos rayos de la luz del sol parpadearon entre las largas sombras, previniendo a los demonios que habían empezado el fuego para que retrasasen el obvio ataque por unos segundos más.
Tomó varios de esos segundos conseguir llevarlo al asiento trasero del SUV y ponerle el cinturón de seguridad alrededor de su cintura. Ni una sola vez dejó de tocar su piel, lo cual no era en absoluto difícil.
Para el momento en que hubo hecho aquello, Yong Ha  había dejado a Señorita Boa en el asiento delantero y su andador en el de atrás, pero a Yoochun no se lo veía por ningún lado.
Las llamas ya habían irrumpido a través de la azotea y la pared de atrás del comedor. Una pequeña muchedumbre de espectadores se estaba formando al otro lado de la calle.
Las sirenas ululaban en la distancia y cuando estuvieran allí, Eunhyuk y sus compañeros tenían que haberse marchado hace tiempo. Tratar con las autoridades no era algo para lo que tuvieran tiempo esta noche. La espada de Eli estaba ahí fuera, capaz de hacer serio daño si los humanos se topaban con ella –capaz de hacer un daño mucho más infernal en manos de uno de los Yokai.
— ¿Dónde está Yoochun? —Preguntó Yong Ha, escaneando el pequeño aparcamiento atestado.
Los neumáticos rechinaron sobre el asfalto y Eunhyuk vio a Yoochun corriendo tras un viejo Honda con Junsu tras el volante. Yoochun era rápido, pero no tan rápido, y no tenía ninguna posibilidad de alcanzarla con su rutina salir–disparado–del–infierno. A Yoochun le tomó unos diez segundos darse cuenta de que no iba a alcanzarle y cambió de dirección en un rápido giro hacia el SUV.
—Tenemos que alcanzarle —dijo Yoochun, respirando con dificultad.
—Deje en paz a ese pobre chico —ordenó la Señorita Boa—. Ya han hecho bastante para una noche. Prenderle fuego al comedor. ¿En qué estaban pensando?
Ese fuego no era exactamente parte de su plan, habían planeado salir fuera del comedor antes de que los demonios despertaran, pero ninguno se molestó en explicarle esa parte. Las sirenas se oyeron con más intensidad y Yong Ha  ya estaba tras el volante, encendiendo el motor. Yoochun se deslizó dentro y cerró la puerta de golpe. Con fuerza.
— ¿Viste cual fue el camino que tomó? —Le preguntó.
—Este. Intentaré encontrarlo —Yong Ha  condujo el vehículo al interior del tráfico y cogió el primer semáforo.
— ¡Mierda! —Gritó Yoochun—. Atraviesa la intersección.
— ¿Quieres decir pasar por encima de esa encantadora joven pareja del convertible frente a nosotros? —Preguntó Yong Ha, mirando con fijeza a Yoochun por el espejo retrovisor.
—Si eso es lo que tienes que hacer.
—Creo que no. Le encontraremos, Yoochun. Relájate.
Yoochun golpeó el asiento cercano con frustración.
—No puedo creer que se haya escapado.
A Eunhyuk también le costaba creerlo, pero ahora mismo su prioridad principal era Donghae y descubrir por qué no había dicho una palabra u ofrecido resistencia alguna desde el momento en que había visto aquellas llamas.
No era en absoluto buena señal.


Junsu aferró el volante con tanta fuerza que sus manos se crisparon. Odió dejar a Donghae y a la Señorita Boa detrás, pero no había nada que pudiera hacer por ellos ni por Yoochun. Debería haber sido más consciente, no permitirse acercarse lo suficiente para importarle lo que le sucediera a los regulares clientes del Kona Beans. Ya debería haber aprendido la lección.
Encariñarse tanto de alguien era estúpido.
Donghae y la Señorita Boa se habían ido. Los Caballeros de la Luz les habían atrapado, y una vez que cogían a alguien, nunca lo dejaban ir. Su madre había grabado esa lección en él desde antes de que fuera lo suficiente mayor para caminar.
Había estado demasiado cerca de ser secuestrado ahora mismo. Demasiado cerca. Yoochun le había abrumado con su tamaño, lo cual era algo que podía manejar. Pero también le había abrumado con su personalidad. Era una inquietante mezcla de encantador humor y mortal cazador y no había estado preparado para la manera en que le miraba. La manera en que le sonreía.
Le había parecido un ligón inofensivo durante la cena, lo cual era por qué no había dejado que los hombres con tatuajes y collares le alarmaran. Mientras pensaran que era humano, estaba a salvo, así que hizo su parte. Incluso le devolvió el flirteo, aceptando el número de teléfono cuando se lo ofreció.
Quedarse había sido un error.
Cuando le atacó, supo que había descubierto su secreto. Volvió a luchar con tanta fuerza como podía, pero era demasiado fuerte. Lo apuñaló y él sonrió. ¿Quién diablos hacía algo así? Sólo un lunático. Quién sino.
Un lunático cuya marca tintineaba en su brazo. Tenía que hacer algo tan pronto como fuera posible.
Maldito fuera. Adoraba su trabajo. Amaba la gente que veía cada día. Era casi como tener una familia, y Yoochun le había robado todo eso, solo apareciendo e inmiscuyéndose en su vida.
Junsu dejó escapar un enfurecido grito, haciendo que las ventanas de su Honda vibraran. Odiaba eso, odiaba estar asustado, odiaba estar solo, odiaba tener que reconstruir su vida cada pocos meses, pero era hora de que se moviera. De nuevo. El daño estaba hecho y ya no estaría a salvo allí.
Todo lo que poseía era este viejo y vibrante coche. Dejaba el pago de una semana atrás, pero no había nada que pudiera hacer. Tenía suficiente dinero ahorrado para alejarse y mantenerse en movimiento durante un par de semanas, lo cual era exactamente lo que iba a hacer.
Su madre le había advertido que nunca dejara que los Caballeros de la Luz se le acercarán demasiado o lo encontraran. Eran hombres peligrosos que esclavizaban humanos, obligándoles a hacer cosas horribles. Su madre nunca había estado completamente cuerda, pero en los días en que estaba lúcida, esa era la única cosa con la que perforaba la cabeza de Junsu una y otra vez, y se había tomado esa advertencia a pecho. Sabía que sucedería si descubrían siquiera su secreto, si descubrían que no era completamente humano.
Tendría que tomar un nuevo nombre, variar su apariencia, y encontrar una nueva ciudad. Se estaba volviendo cada vez más difícil cambiar su identidad, y los papeles costaban cada vez más, pero no había nada que hacer. Era libre y seguiría de esa manera o moriría intentándolo. No podía dejarse caer en las manos del enemigo. La vida de demasiadas personas, especialmente personas especiales como Junsu, estaban en peligro.


Donghae ni siquiera podía gritar. Estaba demasiado aterrado para conseguir que entrara el aire suficiente. Viendo ese pilar de llamas mientras Eunhyuk llevaba esa media sonrisa en su rostro… Era tan parecido a su visión que simplemente esperaba que sucediera.
Pero no llegó. Y aunque había similitudes entre la realidad y su visión, no era exactamente lo mismo. Podía ver demasiado de sus alrededores, el interior era brillante, no oscuro, y el fuego estaba detrás de Eunhyuk, no engulléndoselo. Esa era la enorme diferencia, la única que realmente importaba. No estaba ardiendo vivo.
Respira. Sólo respira. Eso era todo lo que tenía que hacer.
Todavía no podía abrir los ojos. Podía sentir la vibración de un coche bajo los muslos y la ligera inclinación de su cuerpo como cuando giraban en las esquinas. Alguien lo estaba sosteniendo. Podía sentir el enormemente pesado y cálido brazo de un hombre alrededor de los hombros. Fuertes dedos dibujando confortables círculos sobre su desnudo brazo. La cabeza estaba apoyada contra su hombro y podía oler el humo anclado a su camiseta, un sutil tinte de jabón escapando de su piel. Hilos de energía que sentía igual que burbujeante agua caliente, goteaban en su carne donde la otra mano rodeaba su muñeca.
Eunhyuk. Era él quién le sujetaba, evitando que saliera volando. Lo había sacado del edificio en llamas. No lo había observado morir. Por ahora.
Quizás su visión estaba equivocada. O quizás era sólo que todavía no era su hora de morir. De todas formas, estaba agradecido de estar todavía con vida.
—Gira ahí —oyó decir a un hombre, y obligó a sus ojos a abrirse lo bastante para echar un vistazo a los alrededores.
Estaba en la parte de atrás de algún enorme auto y aunque las ventanas eran polarizadas, podía ver que el cielo tenía un profundo naranja rosado. La Señorita Boa estaba a salvo y se la oía en el asiento delantero, y Yoochun estaba casi en el regazo del conductor, ayudándole a conducir el coche.
—Hola allí, otra vez —dijo Eunhyuk. Su cabeza estaba inclinada y no había manera de que pudiera haber visto como abría los ojos, pero sabía que estaba nuevamente consciente.
Donghae se sentó derecho, lo cual se le permitió, entonces intentó escurrirse y poner un par de pulgadas entre ellos, lo cual no le dejaron hacer. Le puso el brazo firmemente sobre los hombros, manteniéndolo derecho contra su cuerpo. Su muy cálido, firme y masculino cuerpo.
— ¡Aquí, Yong Ha! ¡Gira aquí! —Gritó Yoochun. Estaba frenético por algo, pero Donghae no podía siquiera preguntarle qué era lo que lo tenía tan frenético. Tenía problemas peores, por ejemplo, cómo iba a sacar a la Señorita Boa fuera de éste lío y volver a la seguridad de sus tapetes y la gigante colección de libros antiguos.
— ¿Estás bien? —Le preguntó, inclinándose un poco más cerca de modo que pudiera oírle por encima de las exaltadas direcciones de Yoochun.
Donghae tragó, esperando que su voz no saliese en un chillido infantil.
—Estaré bien una vez me lleves de vuelta a mi coche.
—No puedo hacerlo. Los bomberos y la policía probablemente ya están congregándose en el restaurante. Quién sabe cuánto les llevará apagar el fuego.
Fuego. Cierto. Podían quedarse con su coche. No iba a ir a las inmediaciones de ningún fuego, no mientras él estuviera alrededor.
—A casa, entonces. Puedes llevarnos a la Señorita Boa y a mí a casa.
— ¡Maldición! Lo he perdido —Yoochun se pasó una frustrada mano a través del corto y ondulando pelo, arrastrando las pequeñas hebras al final de su cabello. Desesperado.
—Pensé que dijiste que habías puesto una marca en él —dijo Yong Ha, el conductor.
¿Él? Junsu. Oh no.
—Lo hice —asintió Yoochun—. También pensé que sería fuerte, pero aparentemente no lo es. ¿Cómo puede haberse escurrido tan fácilmente? No tiene sentido.
—Dime que Junsu consiguió salir del incendio —dijo Donghae, alzando la mirada a la sombreada cara de Eunhyuk.
—Lo hizo. Y el cocinero ya había pedido el día, lo cual fue una suerte para él.
—Eso no fue suerte, solo holgazanería —se quejó Donghae. Typhoon siempre se iba temprano, haciendo que Junsu limpiase el comedor la mayoría de las noches.
—Junsu no sólo salió —dijo Yoochun entre dientes—. También voló. ¿Sabes donde vive? —Le preguntó a Donghae.
—No tengo idea. —Lo cual no era exactamente la verdad. Sabía que Junsu vivía en su coche, sólo que no sabía dónde estaba ese coche—. Y si lo supiera, no te lo diría. —Lo que era exactamente la verdad.
—Creo que ya he tenido bastante de aventuras por un día —dijo la Señorita Boa—. Estoy lista para irme a casa.
Donghae estaba absolutamente de acuerdo con la parte de la aventura.
—Realmente me gustaría saber qué infiernos está pasando. ¿Quiénes sois, tíos, y qué queréis de nosotros?
—Nosotros somos los tipos buenos —dijo Eunhyuk—. Queremos manteneros a salvo. Eso es todo.
—Entonces déjanos salir de aquí. Podemos cuidarnos nosotros solos.
—Ni lo sueñes. —Dijo Eunhyuk—. No hasta que descubramos por qué tienes ese efecto en mí. Además, está oscuro. No estaréis a salvo corriendo por ahí una vez se ponga el sol.
—Bien. Al menos dejad ir a la Señorita Boa.
—No voy a dejarte con esos rufianes —dijo la Señorita Boa—. Estamos juntos en esto. Echaré un ojo a estos chicos.
—Tenemos que volver al trabajo —dijo Yong Ha. Era calmado donde Yoochun era frenético, moviendo el enorme vehículo a través del tráfico con experta pericia. Los anchos hombros sobresalían por ambos lados del asiento del conductor y la cabeza estaba a sólo unas pulgadas del techo del utilitario—. Kyuhyun debería haber acabado de alimentarse por ahora y necesitará saber dónde encontrarse con nosotros.
—En mi casa. —Dijo la Señorita Boa—. Tiene que encontrarse con vosotros en mi casa.
Oh, no. Donghae no iba a dejar que esos hombres supieran donde vivía la Señorita Boa. Era una indefensa anciana y esos hombres emulaban lo extraño e inexplicable. No eran una buena combinación.
—No creo que eso sea una buena idea. Solo llévenos a la estación. Algún lugar público. La Señorita Boa y yo podemos coger un autobús o un taxi.
— ¿No quieres que los horribles tipos malos sepan dónde vives? —Preguntó Eunhyuk. Sintió las palabras deslizarse por su sien en una cálida ola que contrastaba con la fría mofa en su tono.
—No soy idiota —le contesto.
—No, pero eres un misterio. Uno que voy a necesitar algún tiempo para descubrir.
—No tenemos mucho tiempo, aquí, Eunhyuk. —Dijo Yong Ha —. Tenemos un trabajo que hacer y sólo ocho horas y media para hacerlo.
Sintió el cuerpo de Eunhyuk tensarse a su costado. El agarre del brazo se hizo más duro y los dedos se tensaron sobre su muñeca como si no quisiera dejarle ir. Y eso sólo ponía a Donghae más nervioso.
Incluso esos agradables hilos de energía que flotaban alrededor de si mismo donde quiera que su piel se tocara con la suya, no estaba seguro que le gustara a donde estaba conduciendo su lenguaje corporal.
—Me doy cuenta de eso —dijo Eunhyuk—, pero también me doy cuenta que no voy a sobrevivir a otro ataque igual al último, así que haremos mejor en encontrar algún lugar para hacer una pequeña prueba. Y para eso, necesitamos a Kyuhyun. La casa de la Señorita Boa es un buen lugar para eso de todos modos.
—No —dijo Donghae, un poco demasiado rápidamente—. En vez de eso vayamos a mi casa. Está más cerca. —Estaba mucho mejor equipada para manejar a esos hombres de lo que estaba la Señorita Boa, incluso si eso no significara mucho. Al menos el hogar de treinta años de la Señorita Boa estaría a salvo. Quizás Donghae le pidiera mudarse juntos después de que todo esto terminase.
—Bien. ¿Por dónde? —Preguntó Yong Ha.
Donghae le dio las indicaciones, rogando que no hubiese cometido el mayor error de su vida.


Eunhyuk no podía dejar de tocar a Donghae. No estaba seguro si era porque temía que el dolor volviese si lo hacía, o porque su piel era increíblemente suave en cada lugar que tocaba. De cualquier modo, estaba indefenso en una pelea a menos que descubriera la manera de estar separados.
Y luchar estaba definitivamente en la agenda de esta noche. No iba a ser fácil hacer la ruptura, pero no tenía elección. Tenían que recuperar esa espada, y si no lo hacían antes de la salida del sol, toda la horda de demonios la localizaría y no podía decir cuando encontrarían otro que los condujese a su localización.
Eli había sido un fiero y valeroso guerrero. Había muerto con honor y Eunhyuk le había prometido recuperar la espada y colgarla en el Yahirodono (Hall de los Caídos). Para hacer eso, iba a necesitar ambas manos.
Mantuvo una cuidadosa sujeción sobre la muñeca de Donghae, reacio a romper el contacto hasta que fuera absolutamente necesario.
Quizás Kyuhyun supiese qué hacer para arreglar ese lío. Todos los Susano, incluido Kyuhyun, tenían extrañas y fuertes habilidades cuando se trataba de sanar. Sabían sanar lo que quiera que estuviese malditamente mal en los cuerpos de los humanos y en los de los Caballeros de la Luz por igual. Si alguien sabía qué hacer para separarlo de Donghae sin dolor, sería Kyuhyun o uno de los otros Susano.
Giraron por el camino de entrada de Donghae y se apearon en grupo fuera del auto. Era un vecindario encantador. Viejo, pero bien conservado, y aunque estaba seguro que los árboles habían sido talados cuando se construyó ese edificio, los nuevos árboles habían tenido tiempo para volver a crecer, sirviendo para dar sombra a las casa del abrasador sol de Shikoku durante el día. En la creciente oscuridad, esos mismos árboles dejaban parches de sombras a lo largo del camino de la acera y entre las casas.
Yoochun había estado sangrando, gracias a Junsu. No mucho, pero lo bastante para atraer a cada Yokai en el radio de una milla de distancia hasta la puerta principal de Donghae. Hasta que Kyuhyun lo curara, Yoochun era un blanco andante, haciendo de todo el mundo cercano a él un objetivo.
Incluyendo a Donghae.
Le echó un vistazo cuando se abrieron paso hasta su puerta principal. La curva de su mejilla brillaba rosa en la débil luz del sol y podía entrever un racimo de pecas sobre el hombro izquierdo. Los brazos eran lisos y firmes, bonito, pero no lo bastante fuerte para luchar con los demonios que se dirigían en esa dirección. Era demasiado suave para enfrentarse a los Yokai, y si su reacción al fuego era una pista, también era demasiado frágil. Parte de él deseaba no haberla visto nunca, pero el resto estaba haciendo una ridícula danza, aliviado de su estado de dolor.
No sabía qué iba a hacer con aquel jovencito más de lo que sabía qué iba a hacer Donghae con él.
Yong Ha  llevó a la Señorita Boa a la puerta principal de la casa de Donghae, lo bastante cerca para que tuviera que subir las escaleras con el andador. Ella se quejó, palmeando ineficazmente los musculosos brazos, pero Yong Ha  la ignoró.
Yoochun estaba echando un vistazo al grupo, guardándole las espaldas, escaneando las sombras en busca de demonios o alguno de los otros asquerosos Yokai que querían un trozo de ellos.
Donghae se quedó bajo la luz amarilla de su porche delantero, hurgando en su mochila con una sola mano, porque Eunhyuk no iba a dejarle ir la muñeca. Su terquedad le ganó un malhumorado ceño fruncido de su parte, pero era suficientemente hombre para afrontarlo.
—No va a matarte darme diez segundos para encontrar mis llaves —le dijo.
—Quizás sí. ¿Quieres aprovechar esa oportunidad?
Realmente se detuvo un momento como si considerara eso como una opción. Un breve destello de pena oscureció los ojos color avellana un segundo, entonces se fue, dejando la triste aceptación a su estela.
—Bien —dijo y movió la mochila contra sus costillas—. Puedes sostenerlo mientras yo busco.
Eunhyuk se quedó mirando la parte de arriba de su inclinada cabeza. El pelo castaño era brillante en la luminosa luz del porche, y aunque su cabello estaba bastante revuelto, todavía lo volvía loco, extrañamente lo hacía ver sexy.
Todo lo que podía pensar mientras lo veía era que la forma de su cuello estaba diseño para que un hombre pudiera agarrarlo y guiar la cabeza a donde quisiera que fuera. Seguramente se había dado cuenta de eso. Seguramente sabía lo que provocaba ese cabello, la forma de su cuello, y su suave y llena boca, había sólo un lugar al que su mente podía ir. Un maravilloso, malo, perverso lugar donde estaba desnudo y empezando a hacerle todas esas traviesas y deliciosas cosas. Y él haría cada una de ellas antes de dejarlo ir. Dos veces. Pero ahora mismo todo lo que realmente quería era agarrar la base de su cuello muy cerca de su clavícula, tirar de su cabeza hacia arriba y besarlo hasta olvidar todo acerca de la muerte de su amigo, la pérdida de la espada y el brazo sangrante de Yoochun, el cual estaba llamando a cada demonio que viniera a tener un mordisco del buffet Amaterasu.
—Las encontré. —Dijo Donghae, sacudiendo las llaves.
Gracias a Dios. Al menos ahora tendrían una puerta que poner entre ellos y los demonios. No haría mucho frente a un ataque, pero era mejor que quedarse allí a descubierto.
Donghae desbloqueó la cerradura de la puerta y todos ellos se precipitaron al interior con Yoochun cerrando el grupo en la parte de atrás. Yong Ha  llevó a la Señorita Boa el medio tramo de escaleras que conducían al salón y la dejó en el suelo. La sostuvo hasta que agarró con fuerza el andador, el cual lo hacía un hombre más valiente que Eunhyuk. El andador era un arma peligrosa en sus manos, de lo cual hablaba el palpitante chichón en la parte de atrás de su cabeza, y Yong Ha  todavía estaba lo suficientemente cerca para ser un gigante objetivo.
Donghae encendió las luces, revelando una arreglada y escasa sala de estar. Estaba hecha en tonos neutrales, montones de pardos, beige y grises. Las paredes estaban desnudas y unas pocas cajas móviles estaban apiladas en una esquina. Donghae tenía que haberse mudado o estar listo para hacerlo. No podía decir cuál.
Un par de libros de la librería se amontonaban sobre la mesa de café de cristal. Ambos trataban de Combustión Espontánea.
Infierno de tópico, y uno por el que definitivamente le preguntaría tan pronto como tuvieran un momento de calma. Un par de zapatillas de correr se encontraban en medio del suelo como si los hubiese sacado allí mismo. Multitud de extintores estaban colocados en extraños lugares, tres en la sala de estar, dos colocados sobre el corazón de la chimenea que estaba totalmente llena de ladrillos. Otro frente a la puerta y podía ver un quinto sobre el mostrador de la cocina.
Aparentemente, a Donghae no le gustaba el fuego.
—Gracias por traernos a casa —dijo—. No quiero entretenerlos. —Una educada manera de echarlos. Una que hacía mirando significativamente los dedos que tenía envueltos alrededor de su muñeca.

—Buen intento —dijo Eunhyuk, y sólo para contrariarle, deslizó el pulgar a lo largo del sedoso interior de su muñeca. Era tan suave, tan cálido. Eunhyuk no era muy dado a relaciones largas o pasajeras, pero Donghae era un jovencito al que se estaba acostumbrando, rápidamente.
Miró a Yong Ha, quien todavía rondaba como una gallina clueca a la Señorita Boa, observándola como si temiese que se cayera en cualquier minuto. Por la manera en que se sacudía, quizás no fuese un movimiento tan estúpido después de todo.
—Necesitamos a Kyuhyun —dijo Eunhyuk. Sin él, esta noche iba a ir directamente al infierno junto con dos humanos detrás. No podían dejar que eso sucediese. Como una de las razas de la Luz, el único propósito de los Amaterasu en la vida, su razón de ser, era proteger a los humanos y guardar la puerta dentro del reino Izanagi, manteniendo a los Yokai alejados de ambos. Necesitaban salir de aquí y alejarlos de Donghae y la Señorita Boa antes que los demonios aparecieran.
Y no había ningún cuestionamiento en esa parte. Ellos aparecerían.
Yong Ha  sacó el teléfono móvil.
—Kyuhyun. Necesitamos que te encuentres con nosotros en la 40 de Kotohira Hwy. —Los brillantes ojos azules se demoraron sobre Eunhyuk, directamente donde estaba agarrando la muñeca de Donghae, y la expresión se volvió una mueca—. Yeah, tenemos un problema. Y Yoochun está sangrando, así que hazlo rápidamente.
Uh-oh. Ese tono exigente no iba a ir tan bien con Kyuhyun. No era un hombre al que presionar. Ninguno de los Susano’s lo eran. Actualmente había paz entre los Amaterasu y los Susano’s porque cada uno tenía algo que el otro necesitaba, pero esa paz era tenue y Yong Ha  se caracterizaba por ser cualquier cosa excepto diplomático. La muerte de Eli debía de haberlo alcanzado más de lo que Eunhyuk pensaba.
Yong Ha  había sido cercano a Eli como ninguno. Toda esa rabia hacía de Yong Ha  un infierno más mortal en una lucha. Desde que aceptaron esta misión, el hombre había sido una máquina de matar.
Los cuatro habían masacrado a través de tres jerarquías de Yokai en las pasadas semanas, lo cual era alguna clase de buen récord, y Yong Ha  había estado liderando la carga cada vez.
Pero cuando había que obtener algo de uno de los Susano’s, la delicadeza era la única manera de acercárseles.
Yong Ha  estaba aparentemente oyendo todo acerca de su insolencia, si la tensión de la mandíbula era alguna señal.
—No, por supuesto que no he querido decir eso, Kyuhyun. —Los nudillos se volvieron blancos cuando el agarre sobre el teléfono se hizo más fuerte—. Por favor, date prisa. —Escupió, apenas de forma audible.
Yoochun miraba fijamente por la ventana entre las láminas de las persianas. La mano estaba presionada firmemente sobre el sangrante brazo.
— ¿Cuán cerca está? —Le preguntó.
Yong Ha  deslizó el teléfono de vuelta al bolsillo y deslizó la empuñadura de la espada para que quedara por fuera de la ropa. Todos los hombres llevaban espadas, pero gracias a un pequeño abracadabra, eran difíciles de ver siempre y cuando las llevaran envainadas.
—Cinco minutos. —Dijo Yong Ha.
Yoochun sacudió la cabeza.
—Es demasiado. Voy a salir, y alejarlos de aquí.
—Esa no es una buena idea —discutió Eunhyuk—. Vamos a necesitarte.
—No si todas las bestias me siguen a mí. Le daré algo de tiempo a Kyuhyun para que descubra lo que sea que esté sucediendo aquí contigo. —Señaló con un gesto hacia Donghae.
Eunhyuk no quería dejar a Yoochun solo ahí fuera. Era un Amaterasu jodidamente bueno, pero no era invencible.
—Vas a hacerlo de modo que puedas ir tras el camarero.
Yoochun le disparó una vibrante mirada verde.
— ¿Quieres lanzar esa piedra en particular, Eunhyuk?
Mierda. Yoochun tenía razón. Si Donghae se hubiese marchado, también habría querido ir tras él. Asumiendo que fuera capaz siquiera de caminar, lo cual dudaba.
—Sólo ten cuidado.
—Siempre. Las llaves, Yong Ha.
Yong Ha  le lanzó las llaves del auto a través de la sala y Yoochun salió del camino de entrada en quince segundos.
Yong Ha  miró a través de las persianas y escupió una cáustica palabra, la cual hizo que la Señorita Boa le lanzara una reprobatoria mirada.
—Baja la ventana —dijo Yong Ha. Así los demonios podrían oler la sangre y seguirlo—. No me gusta esto más que a ti, pero no dejaba mucha elección. No podía quedarse aquí y arriesgar a los demás.
—Estamos todos iguales —dijo Donghae—. ¿Nos dirás al menos qué infiernos está pasando? ¿Por qué Yoochun se ha largado corriendo y qué importancia tiene que haya bajado la ventana?
Oh, infiernos. ¿Cómo iba a explicarle todo eso? No había demasiado tiempo para empezar a contarle y pudiera entender por lo que estaban pasando. Era humano. Protegido. No le estaba permitido conocer la existencia de los Caballeros de la Luz. Uno de ellos iba a tener que borrarle los recuerdos.
—No vas a zafarte de mí. Casi nos consumimos en un incendio. Junsu está ahí fuera solo y ahora también lo está Yoochun. Algo está viniendo hacia aquí, pero aparentemente es demasiado horrible siquiera para hablar de ello. Por favor, dime que no me lo has dicho solo para no preocuparme.
Estaba en problemas. Podía oír en su tono, la rabia, el temor. Lo que le preocupaba no era tanto que estuviese asustado como el hecho de que él realmente no quería que se asustara. Debería haber sido capaz de distanciarse lo bastante para mantenerle seguro sin todo ese revuelo emocional.
Si no podía tener la cabeza clara, Donghae iba a estar más que asustado; iba a estar muerto.
Yoochun podría haber engañado a la mayoría de los demonios para alejarlos, pero no lo habría hecho con todos.
Eran como cucarachas. Siempre había más al acecho en la oscuridad.
—De acuerdo —dijo, respirando profundamente—. Sé que todo esto es bizarro para ti, pero necesito que confíes en mí.
Donghae lo miró como si acabara de decirle que era su medio tío largamente perdido.
— ¿Confiar en ti? Me has secuestrado.
—No. No lo he hecho. No tienes idea de qué está pasando aquí y no hay tiempo para explicarlo. Confía en mí.
—Ya está. —le respondió, sacando su as de la manga—. Lo hicimos aquí. Voy a llamar a la policía.
Se dirigió hacia la cocina y él se arrastró detrás, manteniendo el sólido agarre. Podía llamar a la Guardia Nacional, por lo que le importaba. Eso no iba a cambiar nada. No iba a dejar que lo hiciera.
—Sería mejor si no intentaras involucrarlos. —Le dijo.
—Mejor para ti, quizás. —Encendió las luces de la cocina y dio un paso hacia el teléfono, pero Eunhyuk se ancló en el suelo. Había alcanzado el cable, pero eso era todo lo lejos que podía llegar. Tropezó, habiendo esperado que él le siguiera.
— ¡Ouch! —Se frotó el hombro.

Su dolor fue el colmo. No iba a dejar que sucediera de nuevo. Eunhyuk tomó su cuerpo y lo presionó contra la pared de la cocina de modo que no tenía más elección que prestarle atención. Tenían algunas cosas que arreglar, y ahora era tan buen momento como cualquiera.


domingo, 28 de julio de 2013

CAPÍTULO 1

20 Julio, Kagawa, Shikoku.



El hombre iba a quedarse y observar mientras Donghae se calcinaba igual que su café negro.
Donghae alzó la mirada de su menú y, cruzando el pequeño comedor, le vio allí sentado, ni a seis metros de distancia. Era el tipo de sus sueños -o mejor dicho, de sus visiones. Técnicamente, sólo era una visión. Se lo repetía una y otra vez. Donghae estallaba en llamas mientras él observaba. Sonriéndole.
— ¿Ves algo que te guste? —Preguntó Junsu, el único camarero de servicio en el comedor.
Sólo llevaba trabajando en el Kona Beans un par de meses, pero había algo en el chico que hacía que Donghae confiara lo bastante como para compartir cosas que ninguna otra persona viva sabía, incluyendo las visiones de Donghae sobre su propia muerte.
—El cocinero tiene el día libre, así que todo lo que tenemos es estofado, pollo asado y carne asada. Elige tu porción.
Al otro lado de Donghae, su compañera de comedor, la señorita Boa, se alzaba sobre sus botas de vinilo rojo. Sus ancianos hombros apenas sobrepasaban la mesa. Sus agarrotadas manos agarraban la lámina del menú, la cual se sacudía tanto que Donghae no estaba seguro de cómo podía leerlo sin que se moviera más lentamente.
— ¿Qué tal está el estofado? —Preguntó la señorita Boa.
Junsu era un chico bajito, veinteañero, al quién llamó Su; un apodo que nació de la hermandad compartida. Con un cuerpo de muerte y un cerebro a juego. Qué estaba haciendo sirviendo mesas en Kagawa, Shikoku, y viviendo en su coche, era un total misterio para Donghae - uno que Su se negaba a resolver sin importar cuántas veces se lo preguntara. Le había ofrecido vivir con él hasta que encontrara un lugar, pero Su dijo que prefería no traer problemas al hogar de Donghae cuando obviamente ya tenía bastantes con los suyos propios.
Junsu se inclinó hasta que los mechones de su cabello rubio platino amenazaron con quitarle un ojo a la señorita Boa.
—Se salvaría de comer la res atropellada hace dos días, lo cual es lo que supongo que está usando Typhoon para hacer el estofado. Se marchó antes de que empezara a preguntar sobre ello. Es un hombre escurridizo.
La señorita Boa palideció un poco.
—Definitivamente el estofado no. Tomaré la carne asada.
Junsu hizo un guiño y lo escribió en su libreta de apuntar las órdenes.
— ¿Qué hay de ti, Donghae? ¿Qué puedo traerte hoy?
Donghae intentó centrarse en su menú mientras lo sostenía en alto para esconder su rostro de modo que el tipo de la Visión no pudiera verlo. Sus manos temblaban, haciendo que las palabras le resultaran borrosas. Ya estaba al borde del pánico. Si él le pillaba observándolo, estaba seguro de que sería su completa perdición.
Donghae quería gritar a Junsu que lanzara la cafetera de café humeante en su regazo y huyera. En vez de eso, luchó contra su creciente pánico por una oportunidad de aprender algo más acerca de él con la esperanza de escapar de la visión.
Se hundió en su asiento e intentó fingir que todo estaba bien, lo cual hacía de maravilla. Donghae tenía un montón de práctica en fingir que todo estaba bien.
—Aún no lo sé —dijo Donghae para obtener más tiempo, esperando que sus manos dejaran de temblar con tanta fuerza para que pudiera leer el menú.
Contra su mejor juicio, hizo el menú a un lado de modo que pudiera echar un rápido vistazo. Quizás se había imaginado que era él.
No. Era el tipo de la Visión. En carne y hueso.
Atendía a lo que el hombre sentado frente suyo le estaba diciendo mientras sorbía su café. Tenía un delgado brazo extendido a través del respaldo de la cabina y todo lo que pudo ver fue algún tipo de tatuaje bajo la camiseta del Hombre de la Visión. ¿Hebras de pelo, quizás?
No podía estar seguro a esa distancia y no pensaba quedarse mirándolo el suficiente tiempo como para adivinar lo que era en un corto movimiento. No quería que se diese cuenta de que lo estaba contemplando.
Tenía el fino pelo castaño un poco rizado. Y eso era la única cosa en él que parecía suave. Tenía los pómulos hundidos, la mirada perdida con profundos ojos café. Su boca estaba presionada en una dura y delgada línea mientras escuchaba a su amigo, su expresión era tensa, casi enfadada. Los músculos en su mandíbula se abultaban como si estuviese apretando los dientes, y Donghae tuvo la distinta impresión de que sentía dolor. Montones de dolor.
Bien. Se lo merecía por verlo morir. No es que hubiese cometido ese crimen en particular aún, pero lo haría. Lo sabía cómo sabía que el sol se pondría en algunos minutos. No había nada borroso o distorsionado en su visión. Había intentado durante años encontrar alguna pista, algún indicio de duda de que lo que veía fuera real. Lo intentó y falló. Y ahora sabía que su momento estaba cerca.
El tipo en su visión era ese hombre, no una vieja versión de él.
Donghae iba a morir pronto. Quizás esta noche.
El alivio y el miedo se instalaron en su pecho y luchó por echarlos fuera. Centrándose en su respiración fue relajando cada pequeño músculo empezando por sus dedos. Había aprendido la técnica de su terapeuta, el cual estaba convencido de que estaba sufriendo algún tipo de alucinación. Todo lo que tenía que hacer era afrontarlo y eso se marcharía. Bueno, ahora lo estaba afrontando y no se iba a ningún lado.
Cincuenta mil dólares y muchos años después, todavía se engañaba, pero al menos podía mantener el temor a raya. Respirando y relajándose era la única manera que sabía para controlar el pánico.
La única manera para evitarse a sí mismo el gritar de terror.
Quemado vivo. Que jodido y asqueroso destino.
Había intentado prepararse para ello pero, obviamente, había fallado. Era demasiado pronto. No estaba listo para morir todavía. Tenía aún tanto trabajo por hacer. Tantas personas que necesitaban su ayuda.
— ¿Estás bien? —Preguntó Su, su pálida frente fruncida con un ceño.
Echó una mirada sobre su hombro a donde Donghae estaba intentando no mirar. El Tipo de la Visión y otros dos estaban sentados tomándose un café y comiendo tarta como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Hombre, no era eso encantador.
— ¿Esos tíos te preocupan? —Preguntó Su, sonando más preocupada por la falta de respuesta de Donghae.
—Uh, no —sólo respira. Eso era todo lo que tenía que hacer. Dentro. Fuera—. También tomaré la carne asada.
Su se volvió.
—Ahora sé que algo no va bien. ¿Qué ocurre? Tú nunca comes carne roja.
—Sí, bueno, no se puede vivir para siempre —dijo Donghae.
El menudo cuerpo de Su se enderezó y Donghae casi pudo oír el ligero click resonando en su cabeza.
— ¡Mierda Santa! Es él, ¿verdad? —Preguntó Su en un cercano susurro.
Donghae deseó por millonésima vez haber mantenido la boca cerrada, o que Junsu no fuera tan intuitivo. Su debería haber sido forense o interrogador en vez de camarero, por la forma en la que era capaz de que una persona hablará de sus secretos.
Los labios escarlata de la señorita Boa se curvaron hacia abajo en un desaprobador ceño.
—Pensé que había tenido suficiente de oír esa clase de conversaciones cuando me retiré de enseñar en el Instituto.
—Lo siento, señorita Boa —dijo Su, palmeando la mano de la anciana—. La tarta es mi pago por mi asqueroso vocabulario esta noche.
—Olvida la tarta, háblame acerca del hombre.
La señorita Boa giró su cuerpo inclinado alrededor de su asiento de modo que pudiera ver hacia dónde estaba mirando Su. No es que los hombres fueran difíciles de pasar por alto, viendo que eran los únicos clientes en la cena -mucho después de la apresurada cena.
Donghae sintió una frenética burbuja de temor elevarse en su interior.
— ¡No mires!
—Nunca me dijiste que tuvieras novio —dijo la señorita Boa como si fuese el crimen del siglo. Una enorme traición para su amistad el que hubiese guardado un secreto.
—No es mi novio. ¡Deje de mirar!
Estaba empezando a bordear el pánico. ¿Y si los pillaban mirándole? ¿Qué ocurriría si se acercaba a su mesa en ese momento y le miraba con aquella media sonrisa en la cara -la que llevaba cuando le veía morir?
Estos podrían ser sus últimos pocos minutos sobre la tierra y el único consuelo que podía encontrar era el que su testamento estaba al día y todo el dinero que había heredado de su madre ayudaría a las víctimas pediátricas de quemaduras.
Su –bendito él- deslizó sus delgadas caderas de modo que estaba entre los hombres y la atenta y obvia mirada de la señorita Boa. Donghae sabía que si los hombres se molestaran en mirar hacia allí, un vistazo al culo de Su sería suficiente distracción para que cualquier hombre con sangre en las venas, olvidara lo que estaba pensando.
La señorita Boa luchó para conseguir que su frágil columna cooperara, pero no pudo arreglárselas para esquivar a Su -no con sus reflejos de camarero. La anciana dejó escapar un frustrado suspiro.
—Uno de ustedes va a decirme lo que está pasando o cogeré mi andador e iré allí y lo descubriré por mí misma.
Su le dedicó una mueca de disculpa.
—Debería mantener mi boca cerrada. Si quieres, los echaré fuera.
—Eso realmente no ayudaría a todo eso de “intentar-no-llamar-la-atención” que estoy intentando obtener aquí —dijo Donghae.
— ¿Por qué no quieres que esos hombres te vean? ¿Son asaltantes? ¿Debería llamar a la policía? —Preguntó la señorita Boa—. Sé que debería haber comprado uno de esos teléfonos móviles.
—No —dijo Donghae, intentando pensar lo bastante rápido para burlar a una mujer que había estado en la escuela pública durante treinta años.
—Es sólo es un tipo al que tengo echado el ojo. No quiero que él lo sepa.
— ¿Por qué no? Eres un chico adorable y deberías ir allí mismo y pedirle salir. Así es como se hace estos días, y si yo no soy demasiado vieja para saberlo, entonces tú tampoco.
—No puedo hacer eso —Donghae se deslizó hundiéndose en el asiento y alzó el menú para escudar de nuevo su rostro.
—Bueno, entonces, lo haré yo. Necesitas un hombre, Donghae. No voy a dejar que acabes viejo y sin hijos como yo.
Y con esa declaración, la señorita Boa alcanzó su andador puesto al otro lado del asiento colocándolo de modo que pudiera levantarse.
Donghae tenía que conseguir detener a la señorita Boa antes de que el Tipo de la Visión la viera. Quizás si Donghae salía de allí sin que le viese, habría tiempo antes de que muriese. Incluso si sólo eran unos pocos días más, o incluso horas, Donghae quería cada uno de ellos.
—No puedes. Está casado.
La mentira se deslizó tan suavemente de su boca que sorprendió a Donghae. Era la primera vez en su vida que había mentido a una profesora, y ya su estómago se estaba revolviendo por ello.
La cabeza de la señorita Boa se giró más rápido de lo que Donghae habría creído posible, considerando su frágil cuello y el peso del gigante moño que mantenía sujeto por un simple lápiz amarillo del nº 2.
— ¿Estás tras un hombre casado? —Susurró como si decir las palabras fuera un pecado—. Oh, pequeño, ¿no sabes que eso sólo puede acabar mal?
Gracias a Dios, la señorita Boa se tragó la mentira.
—Lo sé —dijo Donghae, manteniendo la cabeza todavía estratégicamente colocada detrás del menú—. Eso es por lo que me mantengo apartado de él. No puedo evitar sentirme así por él, así que me mantengo a distancia.
—Nos encargaremos de que lo hagas —dijo la señorita Boa, deslizándose a su voz de lectura—. Quizás deberíamos irnos y cenar en otro lado.
¡Aleluya!
—Buena idea. Podemos ir a cualquier sitio que quiera —le dijo Donghae a la señorita Boa.
Siempre salían a comer los martes por la noche. Había pasado los últimos diez años intentando hacer algo significativo con su vida. No era lo bastante inteligente como para encontrar una cura para el cáncer ni lo bastante fuerte como para unirse a los militares o lo bastante valiente como para unirse a la policía o a los bomberos, pero marcaba una diferencia para algunos pocos, llevándoles comida y compañía o sólo manteniéndolos fuera de casa durante unas pocas horas. Para él no suponía mucho, pero sí para ellos. Lo veía en sus ojos cada vez que aparecía en sus puertas y cada vez que se marchaba. Para algunas de esas personas, era todo lo que ellos tenían y eso era suficiente. Tenía que serlo.
—Creo que es demasiado tarde para escapar —dijo Su—. Está mirando hacia aquí.
Donghae bajó el menú lo suficiente como para echar un vistazo por encima y asegurarse, Su tenía razón.



Eunhyuk vio al precioso jovencito intentando ocultarse de él. Bajo normales circunstancias, no habría mirado dos veces a un humano -hermoso o no- pero algo en él atrajo su atención. Cada vez que le miraba, algo de la presión en su interior se aliviaba. El hecho de que estuviese intentando pasar desapercibido sólo aumentaba su curiosidad.
— ¿Alguno de vosotros ha visto a aquel jovencito sentado junto a la anciana? —Preguntó a sus compañeros, Yong Ha y Yoochun.
Yong Ha  se giró, inclinándose de modo que pudiera vez más allá de Yoochun. Encogió sus enormes hombros.
—No que yo pueda recordar.
—Lo siento, tío —dijo Yoochun, con una apreciativa sonrisa en su oscuro rostro.
—Estás mirando al camarero —bufó Eunhyuk.
—Sí, lo estoy.
Sin disculparse como siempre, Yoochun se frotó una mano sobre la mandíbula y miró al camarero con el nombre en la etiqueta de identificación que decía Junsu.
Eunhyuk pensó en recordarle a Yoochun lo mucho que se distraía, pero sabía que no serviría de nada. Además, nada era demasiado importante para Yoochun. Podía distraerse con quién quisiera y si las cosas se iban al infierno, todavía tendría su espada en la mano más rápido que cualquiera de los otros hombres en la mesa. Lo cual era bueno, considerando su misión.
Él, Yoochun y Yong Ha  estaban tras el rastro caliente de los Demonios Yokai que habían cogido la espada de Eli después de haberlo matado, y lo último que necesitaban ahora era una distracción.
Esta ciudad suburbana de Shikoku estaba infestada de demonios. Literalmente. O al menos, sería así una vez se pusiera el sol.
Eunhyuk miró su reloj. Las ocho y treinta y dos. Nueve minutos para la puesta de sol. Entonces Kyuhyun aparecería y todos ellos volverían al trabajo. Eso le dejaba ocho minutos para descubrir quién era aquel jovencito y por qué se ocultaba de él.
Eunhyuk se levantó y fue a hacer justo eso.
El camarero se interpuso en su camino como si realmente pudiera detenerle. Que mono. Dudaba que midiese más de metro y medio, incluyendo esos ridículos mechones rubios puntiagudos saliendo de su cabeza.
— ¿Puedo traerte más café? —Preguntó con una alegre y falsa sonrisa.
—No. Aunque mis amigos podrían querer uno más —Yoochun había estado mirando al camarero toda la noche y en lo que a Eunhyuk concernía, podía tenerlo. Era sólo un chico desechable -demasiado frágil para la verdadera diversión.
El tímido jovencito por otro lado… tenía potencial. Le había visto entrar en el comedor con la anciana, siendo muy cuidadoso en ayudarla a caminar sin dañar el orgullo de la mujer mayor.
Era todo suaves formas y brillante calor. Su cabello castaño claro brillaba y enmarcaba su hermoso rostro, atrayendo su mirada directamente a sus labios. Como si necesitara ayuda para encontrarlos. Todo en él era curvilíneo y suave, y Eunhyuk odiaba haberse dado cuenta.
Tenía cosas más importantes en las que pensar -como matar una ciénaga de demonios- y era bastante difícil centrarse en el trabajo cuando el dolor se hacía peor cada día. Seguro como el infierno que no necesitaba ninguna suave y curvilínea distracción.
El camarero no había cogido la indirecta y todavía se interponía en su camino. No era una buena idea considerando que nunca dejaba que nada se interpusiera en el camino de lo que quería -ciertamente no. No algo que pesaba tanto como una semana de lavandería.
— ¿Qué hay de un poco más de tarta? —Preguntó.
—No, gracias.
Le levantó por debajo de los brazos, igual que a un niño, y le hizo a un lado.
— ¡Hey! —Le oyó farfullar detrás de él y casi esperaba que le saltara a la espalda.
—Le tengo —dijo Yoochun, su voz profunda y satisfecha con la tarea de mantener al camarero a un lado.
Eunhyuk echó un vistazo por encima de su hombro y vio al camarero mirando fijamente a Yoochun como si estuviese a punto de comérselo entero. Quizás lo estaba. A Yoochun le iban los jovencitos humanos. Tan a menudo como podía.
Eunhyuk sintió una media sonrisa tironeando en su boca.
—Apuesto a que lo harás.
El castaño se había vuelto a esconder detrás del menú y había empezado a recoger su monedero y gafas de sol para irse. Ni remotamente. Al menos no hasta que estuviera listo para dejarlo ir.
Eunhyuk cubrió la distancia entre ellos y colocó una mano sobre el respaldo de la cabina y la otra sobre la mesa, enjaulándolo dentro. Él se deslizó al borde del asiento, pero con Eunhyuk en su camino, no tenía ningún sitio a donde ir. Se inclinó, haciéndole saber con su lenguaje corporal que estaba atrapado. Examinó su cara, la liza curva de su mejilla y la plenitud de su boca. Aquel jovencito había permanecido bajo el sol a lo largo del día y su nariz y la cima de sus mejillas estaban rosadas. No era mortalmente magnífico, pero era adorable. Desde aquí, era fácil ver el miedo en sus claros ojos marrones, resaltando las virutas de oro y verde.
Le tenía miedo. No tenía idea del por qué, y seguro como el infierno que no le gustaba.
—Por favor déjame ir —dijo.
Su voz era baja. Suave, igual que el resto de él, y se deslizaba sobre sus sentidos como una caricia.
Un ingrávido calor centelleó a través de él, lavando décadas de tensión y tormento. Por primera vez en más de un siglo, Eunhyuk no sentía el agonizante dolor. Dejó salir una lenta respiración de alivio. Incluso la inagotable presión del poder que contenía no golpeó en su interior buscando una salida, intentando abrirse camino a través de la carne y el hueso. Cada desenfrenado pedacito de energía en su interior se aquietó ante el sonido de su voz como si lo escuchara.
Sin el dolor que había sido su constante compañero durante más años de los que la mayoría de las personas vivían, una ola de aturdidora revelación amenazó con ponerlo de rodillas. Agarró el asiento y la mesa para mantenerse en pie, pero no podía evitar que sus ojos se cerraran, sólo por un momento. El disfrute de simplemente no estar dolorido era tan intenso que era casi como una propia clase de dolor. No estaba seguro de cuanto le tomó recuperar sus sentidos, pero cuando lo hizo, él jovencito estaba allí mirándole, los ojos abiertos desmesuradamente y temblando.
— ¿Quién eres? —Exigió.
Él parpadeó como si se sorprendiera por la pregunta.
—Por favor. Déjame ir. No quiero morir.
¿Morir? ¿Qué infiernos?
—No voy a hacerte daño —le dijo, su tono fue un poco más rudo de lo que había pensado.
Había pasado demasiado tiempo de su larga vida en el infierno defendiendo a los humanos de los Yokai con un gran coste personal. No había manera de que aquel hermoso jovencito pudiese haber sabido eso, pero todavía le jodía que saltara a la conclusión de que estaba aquí para lastimarlo.
Lo que realmente quería era tocarlo y ver si se sentía tan suave como se veía. Todas esas curvas lisas y formas redondeadas lo volvían un poco loco. Y la locura era la única explicación de lo que estaba sintiendo -esa incontrolable necesidad de tocar a aquel hombre que ni siquiera conocía. Un hombre humano. Quizás él era sangre pura -un descendiente de los Izanagi- y ese era el por qué de su reacción tan fuerte. Nunca había experimentado nada igual a eso antes, incluso con un humano sangre pura, y no estaba completamente seguro de que le gustara. La parte de liberarse del dolor era fantástica, realmente fantástica, pero nada que fuera bueno venía sin un precio.
—Tengo que llevar a la señorita Boa a casa. Se está haciendo tarde —su boca tembló un poquito y maldito fuera si no quería inclinarse y besarlo para hacer que parara.
Esto era una locura. Eunhyuk respiró profundamente, pero sólo consiguió llenar sus pulmones con su esencia.
Lilas. Olía a lilas.
Eunhyuk no tenía ni una aterradora oportunidad de resistir. Se estaba acercando, completamente, al borde de la locura.
Se inclinó hasta que su nariz estuvo en la curva de su cuello, y la inspiró hacia su interior. No había nada que pudiera hacer para detenerse a sí mismo, y el hecho de que él no retrocediera apartándose simplemente lo volvía mucho más loco. La flexible banda de luceria alrededor de su cuello tarareó feliz, enviando un temblor bajando por su espalda. Sentía algo mutando en su interior. Profundo y duro, casi dolorosamente. Este hombre lo había cambiado de alguna manera, con su mera presencia, y nunca sería el mismo otra vez.
Quienquiera que fuera él, lo conservaría, para siempre.



Donghae no se atrevió a moverse. No con el tipo de la Visión estando tan cerca, casi tocándole. Sintió su caliente respiración resbalando sobre su cuello, girando alrededor de su oído.
Estaba ronroneando -un bajo y profundo sonido de satisfacción- y el ronroneo resonó en su interior.
Todo lo que podía ver era el lado de su grueso cuello donde se unía a su hombro, los rizos de su oscuro cabello y una sección de ese collar que llevaba -algún tipo de iridiscente gargantilla de dos centímetros y medio de ancho. Cada color imaginable giraba en el interior de la flexible venda como las luces del comedor jugando en esa superficie. Sintió la urgencia de tocarlo para ver si era tan resbaladizo como parecía, si era tan cálido en su piel.
En vez de eso, abrazó su billetera con más fuerza contra su pecho, todavía sosteniéndole, rogando que se apartara de él antes de que perdiera la cabeza y pasara sus dedos sobre la banda.
Estaba respirando demasiado rápido, haciéndole marearse. Cerró los ojos para bloquear la visión de aquel tipo de modo que pudiera calmarse, pero en vez de eso la visión destelló en su cabeza, alejándolo todo.
Él estaba de pie a unos pocos pasos. Todo estaba oscuro alrededor de ellos y la única razón por la que podía casi ver su cara era que el fuego que consumía su cuerpo reflejaba los agudos planos de sus mejillas, la sombría línea de su mandíbula, los fuertes tendones de su cuerpo y la amplia extensión de sus hombros.
Las llamas bailaban reflejadas en sus ojos marrón dorado y una media sonrisa orgullosa inclinaba su boca. Podía sentir su carne quemándose, sentir el calor consumiéndole. El dolor de su piel llena de ampollas cuando se ennegrecía era demasiado para soportarlo. Gritó, rogando que la muerte viniese a reclamarle.
La realidad se encajó a presión nuevamente en su lugar, alejando la visión. Donghae jadeó en una desesperada respiración. No estaba muerto. Al menos no todavía. Las brillantes luces del comedor hirieron sus retinas y el olor de carne quemada fue reemplazado por el de cebollas y patatas fritas. Un rastro de la salida del aire acondicionado refrescó su piel, haciéndole temblar. Obligó a su cuerpo a relajarse, a recordar dónde estaba. Sólo respira. Sus pulmones se expandieron, absorbiendo la esencia del hombre que le tenía atrapado. Jabón. Café. Limpia piel masculina. Olía bien. Seguro. Y si eso no era la cosa más ridícula que nunca había pensado, entonces no sabía lo que era. Si había una persona en el planeta en cuya cercanía no estaba seguro, era aquel tipo, sin importar como oliese.
Estaba todavía sólo unos centímetros alejado de Donghae, emitiendo ese bajo ronroneo en su pecho. Donghae no estaba seguro de si quería empujarlo lejos o frotar ligeramente su dedo sobre la curva de esa intrigante gargantilla que usaba. Algo en su interior tiró de sus recuerdos, aunque estaba seguro que nunca había visto algo así antes.
Aquel tipo no la llevaba en su visión. La revelación brotó dentro sí. Su camisa había sido diferente -no la negra de algodón que llevaba ahora, sino luminosa. Curtida. Con algún tipo de árbol pintado encima.
Los detalles de su visión no hacían juego con lo que estaba sucediendo ahora mismo, lo cual quería decir que estaba a salvo, al menos por el momento.
Algo del pánico que sentía se drenó fuera de sí, haciéndole sentir débil, líquido. Sabía que debía hacerlo a un lado, gritar o hacer algo. Incluso si no estaba aquí para verlo morir esta noche, todavía estaba demasiado cerca.
Él se inclinó acercándose una fracción de centímetro más y rodeó sus largos dedos alrededor de cuello.
Sobre su dedo llevaba un anillo que hacía juego con su collar y este destellaba en un intrigante patrón de remolinantes colores que hacía que quisiera mirarlo. Un insistente tirón en su cuello le hizo inclinarse hacia atrás, estaba seguro de que sentía sus labios pasando a lo largo de su cuello y su mejilla.
Donghae se estremeció y oyó un pequeño gemido abandonando su boca. Cada célula en su cuerpo permanecía atenta a  ese único pequeño toque. Su piel se volvió más caliente y su abdomen se encogió contra un salto de calor. Quería algo que no podía nombrar. Lo necesitaba. No era sólo deseo. Era más profundo que eso. Profundo hasta el hueso. Profundo hasta el alma. Él tenía algo que le pertenecía y Donghae lo quería, ahora, inmediatamente.
Incluso si eso lo mataba.
Sus labios se deslizaron sobre su mejilla, sin tocarlo apenas. Quizás, ni siquiera tocándolo, sólo acariciando el fino vello de su piel. Lo que fuera que estuviese haciendo, era maravilloso, aterrador o no. Se sentía como si estuviese siendo llenado de energía. Se sentía más vivo incluso que antes.
Todo procedente del toque del hombre que le vería morir…
Asombrosamente irónico.



Desde algún lejano lugar apagado, Eunhyuk oyó a la anciana jadear en estado de shock y luchó con el impulso de ir hacia ella.
Lo habría hecho de no haber sido por la manera en la que el jovencito estaba aferrando su mochila contra su pecho igual que un escudo. Todavía le tenía miedo. Mierda.
—Dime tu nombre —le ordenó, sin importarle lo ruda que sonara su voz.
Necesitaba su nombre. Maldición, necesitaba mucho más que eso, pero con la audiencia que tenía, iba a tener que conformarse con pequeños fragmentos.
—Lee Donghae.
Dios, amaba el sonido de su voz, tan suave y dulce. Cerró nuevamente los ojos, dejando que el sonido de Donghae y su olor, se hundieran en él. Podría pasarse medio año sólo escuchándole hablar, dejando que el apacible barrido de su voz lo calmara.
Estaba demasiado concentrado en ver cómo podía acortar el pequeño espacio entre ellos cuando oyó un grito de advertencia de Yong Ha  medio segundo demasiado tarde. El andador de la señorita Boa se deslizó sobre su cabeza, enviando un aguijoneador dolor por su cráneo.
— ¡Vuelva a su esposa, usted… usted, mujeriego! —Gritó la anciana, elevando su andador para otro golpe.
— ¿Mujeriego? ¿Esposa?
Eunhyuk no tenía idea de qué estaba hablando, pero no se quedó allí lo bastante como para preguntar. Ya podía sentir un chichón alzándose en la parte de atrás de su cráneo. La anciana quizás se viera frágil, pero se las ingenió para darle de puñetazos.
Eunhyuk se estiró hacia la señorita Boa, intentando sacarle cuidadosamente el arma de aluminio de sus manos antes de que se hiriera a sí misma. O a él.
Llegó demasiado tarde. Yong Ha  ya se había hecho cargo y tenía a la anciana dama en sus corpulentos brazos, sosteniéndola cuidadosamente a pesar de sus esfuerzos.
Donghae se levantó, rodeando a Eunhyuk para llegar hasta la anciana.
— ¡Déjala ir!
Yong Ha  le ignoró, sosteniendo todavía a la anciana, intentando calmarla con suaves palabras:
—No voy a hacerle daño, señora. Ninguno de nosotros va a herir a ninguna persona aquí. ¿No es cierto, Chun?
A metro y medio de distancia, Yoochun tenía a Junsu aprisionado contra la parte de arriba de la caja registradora, casi inclinado sobre su espalda. Junsu estaba peleando con él, pegándole y arañándole, pero Yoochun aceptaba sus golpes, haciendo una mueca como si le hicieran cosquillas.
—Hey, el camarero es el único que está intentando herirme. Yo sólo quería hablar —la voz de Yoochun se hizo más baja y su sonrisa se amplió—. Pero estoy dispuesto a jugar si tú quieres, cariño. No me importa si te gusta la rudeza.
Junsu gruñó y azotó a Yoochun con sus puños.
Desde la esquina de su ojo, Eunhyuk vio a Donghae empezar a hacer un movimiento hacia Yong Ha y la anciana, pero Eunhyuk fue más rápido. Le sujetó rodeando su cintura con un brazo y tirando de Donghae contra su pecho. Eso fue un error. Tan pronto como tuvo su suave y curvilíneo cuerpo contra el suyo, su cerebro empezó a venirse abajo. Desde una vaga, borrosa distancia, podía sentirle luchando para liberarse, empujando y tirando de su brazo. Podía oírlo asustado, pronunciando los nombres de sus amigos. Podía sentir el pánico en su interior, la frenética fuerza incrementándose con cada latido de su corazón. No podía imaginarse qué significaba todo aquello o qué debería hacer. Todo lo que sabía era que no podía dejarle ir. Lo necesitaba.
Toda aquella situación se había salido completamente fuera de control, pero eso no le importaba. Tenía a Donghae en sus brazos, reacio como estaba, y no quería lastimar a nadie. Por primera vez en décadas, se sentía bien. Era tan sorprendente que lo dejó vacilante, contemplando estúpidamente su hermoso cuello. Quería inclinar la cabeza y besar la cremosa piel de la nuca de su cuello con tanta desesperación que temblaba.
Eunhyuk se dobló para hacer justo eso cuando su sujeción se aflojó y Donghae se deslizó de su agarre.
El dolor impactó dentro de él con una palpable fuerza que lo dobló de rodillas allí mismo, sobre el suelo de azulejo. El poder lo inundaba y atravesaba sus venas, martilleando sus huesos con profunda agonía.
Estaba seguro de que se había roto en alguna parte y que sus órganos habían sido pulverizados. Nada podría explicar tanto dolor. No podía mantenerse en pie. No podía ver. No podía respirar.
El poder que hospedaba en el interior de su cuerpo había crecido lentamente, firme, a lo largo de los años. La presión se había incrementado a lo largo de las décadas, dándole una oportunidad de conseguir controlar y acostumbrarse a soportar el dolor que causaba eso. Pero ahora todo lo había vuelto a inundar en el espacio de un instante y su cerebro no podía ajustarse.
Su cuerpo no podía funcionar. En los grisáceos bordes de su mente, se oyó gritar a sí mismo, un terrible y agudo sonido. Sabía que se estaba muriendo, pero ahora mismo eso era algo bueno. Todo terminaría pronto, pero no parecía ser lo bastante pronto.
Donghae no estaba seguro de qué había hecho al tipo de la Visión para ponerlo de rodillas, pero no se detuvo a preocuparse por ello. La señorita Boa todavía estaba intentando alejarse del enorme boxeador que la sostenía, y se veía como si estuviese corriendo una maratón.
Junsu, por otro lado, estaba aguantando contra el tercer hombre. Él le había empujado hacia abajo, de modo que casi estaba tendido sobre el mostrador cercano a la caja registradora.
—Deja de luchar conmigo antes de que te hagas daño a ti mismo —le dijo.
Junsu golpeó el dispensador de chicles al suelo, haciendo que se esparciera por todas partes.
Puso una rodilla entre ellos y empujó, pero no funcionó.
El hombre simplemente presionaba la parte baja de su cuerpo con más fuerza contra el suyo hasta que no tuvo sitio para maniobrar.
— ¿Vas a seguir?
Su mano palpó sobre el mostrador hasta que encontró el pincho de metal que usaba para reunir los tickets de los pedidos y hundió el afilado pincho en el brazo de su captor.
Él bajó la mirada hacia el aguijón de metal saliendo de su piel y sonrió. Realmente sonrió.
—Buen disparo, hombre —sonaba como si estuviese orgulloso de Junsu, lo cual era completamente una locura, pero al menos todavía era capaz de luchar.
La señorita Boa no, y Donghae no estaba seguro de cómo iba a conseguir liberarla. El hombre que la sostenía era enorme. Alto, pesado y musculoso. Probablemente les superara en fuerza a él y a la señorita Boa.
—Déjala ir —exigió Donghae, hurgando en su cerebro buscando algo que hacer.
Donghae se estaba quedando sin ideas, así que se arrojó con lo mejor que tenía. Agarró el azucarero, pero antes de que pudiera lanzarlo, el gigante dio un paso adelante y simplemente le entregó a la señorita Boa a Donghae. No estaba seguro de qué lo había hecho cambiar de opinión, pero no iba a cuestionar su buena fortuna.
Agradecido, se tomó la tarea de sujetar a la señorita Boa. Fue cuidadoso con su frágil cuerpo, gentil. Se tomó su tiempo en hacer la transferencia y entonces, cuando ella estuvo libre, se lanzó hacia el suelo, donde el tipo de la Visión estaba retorciéndose de dolor.




— ¡Yoochun! —Le gritó—. Necesito un poco de ayuda aquí con Eunhyuk cuando hayas terminado de jugar con el camarero.
El hombre que había cogido a Junsu –Yoochun- le dejó ir, arrancándose el estilete de su brazo y dejándolo sobre el mostrador, ensangrentando los tickets que quedaban en el lugar. Junsu apenas consiguió ponerse de pie antes de que él también fuese hacia el tipo de la Visión. Yoochun se volvió hacia Donghae, fulminándole con la mirada. Sus pálidos ojos verdes destacaban en agudo contraste contra su bronceada piel, viéndose casi como si estuvieran iluminados desde dentro.
— ¿Qué le has hecho a Eunhyuk?
Donghae sostuvo a la señorita Boa un poco más cerca, volviéndola hacia la salida. Tenían que salir de allí tan rápido como fuera posible.
—Nada. Él fue quien me atacó a mí.
—No estaba haciendo otra cosa más que intentar hablar contigo. Tú eres el único que alucina. ¿Qué le has hecho? —Exigió.
El tipo de la Visión -Eunhyuk, como le llamaban- estaba todavía convulsionándose en el suelo, su cuerpo doblado en un poderoso arco. Había estado gritando un momento antes, pero ahora hacía esos horribles sonidos ahogados, como si no pudiera respirar. Las venas en su cuello y sienes estaban hinchadas y algo extraño estaba sucediéndole a la brillante gargantilla que llevaba. Los colores que se veían, giraban en una mezcla de rojos, naranjas y amarillos. Delgadas hebras de humo se filtraban desde el collar y el anillo a juego en su mano derecha.
Donghae podía oler el aroma de la carne quemada -igual que en su visión.
El hombre que había sostenido a la señorita Boa comprobó su reloj, con expresión arrugada.
—Tres minutos hasta la puesta de sol. Kyuhyun no va a llegar a tiempo para salvarlo.
Yoochun se levantó y dio un paso hacia Donghae. Junsu había recobrado su movilidad y encontró un enorme cuchillo en algún lugar detrás del mostrador. Y lo sostenía como si supiera lo que estaba haciendo. ¿Podría ser esta noche más extraña?
Yoochun debió haber visto a Junsu moviéndose hacia él, porque se volvió y apuntó un delgado dedo en su dirección.




—Mantente fuera de esto. No es asunto tuyo.
—Maldita sea si no lo es. Ellos son mis amigos.
—Y Eunhyuk es el mío —Yoochun se volvió a Donghae—. Deja a la anciana y ven aquí —aquello no era una petición y Donghae estaba seguro de que si no hacía lo que le había dicho, alguien iba a salir herido cuando le obligara a hacerlo, probablemente la señorita Boa.
La cosa estaba así. Donghae estaba bastante seguro que había alcanzado el final de la línea. No iba a llevar a la señorita Boa con ella, así que dejó a la frágil mujer sentada en un asiento. La señorita Boa apretó el brazo de Donghae con unos débiles y retorcidos dedos.
—No vayas cariño.
—Estaré bien —mintió.
Donghae se volvió hacia Yoochun y dio un paso hacia delante. El enorme tipo estaba sosteniendo a Eunhyuk en el suelo de modo que no se hiciera daño a sí mismo golpeando alrededor, pero no parecía un trabajo fácil. Eunhyuk era fuerte -sus brazos y piernas estaban gruesamente torneadas de músculo. Podía ver toda esa fuerza que apretaba su cuerpo contra las convulsiones. El grandullón se llevó un codazo en el estómago por su esfuerzo, dejando escapar un dolorido gruñido. Yoochun había sujetado a Eunhyuk por las piernas, pero no apartaba sus ojos de Donghae. Estaba seguro de que si no seguía moviéndose hacia él, iría a por Donghae.
Hombre, no quería estar aquí ahora mismo. No quería estar en medio de este lío, completamente confundido por lo que estaba sucediendo y totalmente aterrado por estar tan cerca de un hombre que le hacía sentir mejor con casi una caricia que todas las verdaderas caricias de todos los hombres en su vida juntos.
—Se va a poner bien —les dijo, dando otro medio paso hacia delante.
— ¿Cómo lo sabes? —Preguntó Yoochun.
Fantástico. Ahora iba y se arrinconaba a sí mismo en una esquina. No podía decirles exactamente que sabía que él estaría bien porque viviría lo bastante como para verle morir.
—Sólo lo sé.
Otro medio paso y estuvo lo bastante cerca para que Yoochun alzara su largo brazo y le agarrara por la muñeca.
—Lo que quiera que hayas hecho, deshazlo.
— ¡No hice nada! Lo juro. Todo lo que hice fue apartar su brazo y él se cayó.
El profundo ceño de Yoochun saltó durante un segundo; entonces esos pálidos ojos verdes suyos se abrieron desmesuradamente como si simplemente acabase de darse cuenta de qué estaba mal.
—Ven aquí —ordenó, tirando de Donghae hacia el suelo hasta que su mano presionó directamente contra el estómago de Eunhyuk -su desnudo, duro y cálido estómago que debería haber estado completamente cubierto por su camiseta, pero no lo estaba.
Todo ese retorcido dolor trabajó sobre sus riñones y podía ver la mitad de un largo tatuaje ascendiendo por su costado derecho. Era un árbol, entintado en realistas colores y perfectamente detallado. Cada retorcido nudo, cada retorcida raíz de árbol era tan real que estaba seguro de que casi podría sentir la dureza de la rama debajo de sus dedos. Finas hebras de raíces bajaban sobre su estómago y desaparecían debajo de la cintura de sus vaqueros. Se negó a pensar hacia dónde conducían.
Sus dedos tocaron su piel, y no pasaron dos segundos completos para que Eunhyuk se relajara. Ambos hombres le miraron atónitos, entonces, se miraron el uno al otro, compartiendo algún secreto entre ellos. No tenía la menor pista de qué estaba pasando, y a estas alturas, no estaba seguro de querer saberlo. Todo lo que quería era llevar a la señorita Boa de vuelta a casa y sumergirse en un profundo baño caliente durante una semana. Estaba completamente seguro de que no podría arder vivo en una bañera, y esa era la única cosa que realmente le relajaba.
—Vendrás con nosotros —dijo el grandullón.
Sus brillantes ojos azules escaneaban el cuerpo de Eunhyuk, la preocupación tirando de sus cejas.
—No, no lo haré —dijo Donghae.
Yoochun dejó la muñeca de Donghae y se levantó. Debería haberse apartado y dirigirse hacia la puerta, pero algo le detuvo. Estaba sucediendo algo bajo su mano. La piel de Eunhyuk estaba caliente y se estaba inundado con ese extraño murmullo de energía que había sentido antes. Este, le llenó interiormente, igual que una luz cálida, encontrando todo el frío, las pequeñas y oscuras grietas y agujeros en su interior. Había una sensación como de un leve fundido y el sabor de la miel en su boca y el olor de la lluvia en su nariz. Se sintió ligero. Radiante. Eso no estaba bien. Se sentía increíblemente bien, pero no estaba bien. No se suponía que sucediera. No podía ser real.
Empezó a apartar sus dedos, pero la mano de Eunhyuk cogió la suya antes de que si quiera acabara de alejarlo de su piel. Sus dedos se enroscaron alrededor de su muñeca y pudo sentir esa extraña energía hundiéndose en su interior donde cada uno de sus delgados dedos se encontraba con su piel.
Él se incorporó, pareciendo alerta y coherente, y sintió la suave sensación de su camisa contra la muñeca.
Él mantuvo su mano en el sitio y se inclinó hacia delante hasta que apenas hubo cinco centímetros entre ellos.
—No te dejaré hacerte a un lado. No, hasta que descubramos qué es esta cosa que hay entre nosotros.
Eso era un juramento. Podía sentir su poder asentándose entre los dos, apartándolos del resto del mundo.
Eso no era real. No podía estar sucediendo. Un montón de cosas extrañas le habían sucedido a lo largo de su vida, pero esto era la guinda de las cosas extrañas.
—No hay nada entre nosotros.
Le dedicó esa media sonrisa de su visión.
—Ahora sí.
Detrás de él, justo en el interior de la ventana que llevaba a la cocina del comedor, se dispararon llamas naranjas, escupiendo hacia arriba igual que un géiser.
Fuego. El olor de la carne quemada.
El mundo de Donghae se vino abajo, hacia un pico de pánico del que no podía escapar. Se infiltró en su interior y le robó todo el oxígeno. Ni siquiera podía recordar cómo respirar.