CAPÍTULO 3
El coche de Junsu no quiso arrancar. Usó
cada truco que conocía y ninguno funcionó. Doce años y casi doscientas mil
millas y esta era la primera vez que su confiable Honda le había fallado cuando
más lo necesitaba.
Quizás
la cosa sabía que estaba planeando volarlo.
Junsu
apretó la palma contra el volante y dejó escapar un frustrado gruñido.
—Está
bien, cariño —dijo Yoochun, su profunda voz constante y calmada. Se estiró
sobre el asiento del copiloto y le ahuecó el hombro, acariciándoselo con
cálidos y suaves círculos sobre su desnuda piel—. Buscaré a alguien que lo
remolque de vuelta a casa. Tengo un amigo que sabe cómo arreglar cada maldita
cosa. Lo tendrá en pie y ronroneando otra vez en no mucho tiempo. Ya lo verás.
Él
estaba intentando hacerlo sentir mejor. ¿Por qué estaba siendo tan amable
cuando estaba planeando matarlo eventualmente? Eso no tenía ningún sentido y
hacía que Junsu quisiera gritar.
—No
dejaré mi coche —se empecinó.
—Estará
bien. No te preocupes.
Junsu
tenía demasiado C—4 en el coche como para no preocuparse. Repitió, más enfática
esta vez.
—No
voy a dejar mi coche.
—Bueno,
no se está moviendo y yo no voy a dejarte dormir en él. No es seguro.
Giró
la cabeza de golpe y le fulminó con la mirada, agradeciendo una razón para
estar enfadado —para expresar algo de su frustración y miedo hacia él.
—No
vas a decirme lo que tengo que hacer. Dormiré en mi coche si me da malditamente
la gana y no hay nada que puedas hacer para detenerme.
Yoochun
dejó escapar un resignado suspiro y asintió una vez más.
—Puedo
ver que no me lo vas a poner fácil, ¿verdad?
Junsu
lo fulminó con la mirada.
—Vale,
bien. Hagámoslo a tu manera. No puedo decir exactamente que esté sorprendido.
Él
salió del coche y fue directo a un pequeño coche oscuro aparcado a pocos metros
de ellos.
Cuando
estuvo a unos tres metros, Junsu empezó a inquietarse. Se sentía agitado y
nervioso. Quería salir de allí e ir tras él, aunque no tenía idea del por qué.
Quizás era su sentido del deber que la instaba —si no iba con él, no podría
conducirlo al complejo de los Caballeros de la Luz. Nunca encontraría a Donghae
para rescatarlo.
Para
el momento en que él estuvo a unos seis metros de distancia, sintió su interior
como si estuviese cubierto de picaduras de mosquitos y le estaba resultando
difícil respirar. Le picaba por todas partes, pero no podía imaginarse dónde
rascarse para hacer que se detuviera. Sus ojos continuaron tras Yoochun y sus
largas y poderosas zancadas.
Tenía
que seguirle. Mantenerse cerca.
A
los nueve metros, Junsu dejó de preocuparse sobre por qué necesitaba ir a él y
simplemente fue. Saltó fuera del coche y cogió su maleta del suelo en el
asiento de atrás. Cada paso que daba hacia él alejaba con facilidad algo del
desasosiego que picaba en su interior.
Echó
un vistazo al brazalete de oro resplandeciendo sobre su muñeca y frunció el
ceño. Él lo había hecho otra vez. Lo había marcado, sólo que estaba vez, no
había manera de que pudiera cubrirlo con un tatuaje para enmascarar su poder,
la manera en que su madre siempre la había enseñado a hacer.
Junsu
intentó quitarse la cosa, pero no podía abrirlo —como si hubiese sido soldado.
Tironeó de él, pero todo lo que consiguió fue rasparse la piel. ¡Maldición!
Yoochun
esperaba en su coche, sosteniendo la puerta de pasajeros abierta, como si fuera
un caballero, si claro. Había sabido que eso sucedería. Podía ver la
satisfacción brillando en sus ojos.
—Me
has hecho algo, ¿no es así? —le exigió.
—No
me diste otra opción.
—Podías
haber dejado de perseguirme.
Sus
fuertes dedos le quitaron la maleta de su mano y la colocó en el suelo de la
camioneta. Cuando él se inclinó más allá, captó el aroma de su piel, cálido por
el aire nocturno. Olía picante y completamente delicioso. Le dio vueltas la
cabeza y se resistió al impulso de sujetarse a sus enormes hombros para
estabilizarse.
—No.
No podía hacerlo —le dijo él.
—Mentiroso
—le disparó de vuelta.
Eso
fue un gran error.
Yoochun
se volvió y lo agarró por la cintura. Lo alzó sobre el alto asiento y no lo
dejó ir. Mantuvo su agarre, sus enormes manos casi envolviendo su cintura. Sus
dedos curvados en su piel y sus ojos verdes brillando con rabia y algo que no
podía nombrar. Algo oscuro y desesperado.
—Te
necesito, Junsu. Y no quiero decirlo en el sentido de necesitarse de modo que
no esté solo o alguna mierda como esa. Te necesito para vivir. Necesito que me
ayudes a mantener al resto de mi gente con vida. Me estoy quedando sin tiempo,
y tú eres el único que puede salvarme de convertirme en un monstruo. No voy a
dar ninguna oportunidad para que te alejes de nuevo, incluso si eso significa
encadenarte a mí.
Wow.
Vale. No había estado listo para ese tipo de confesión. Ni estaba listo para la
manera en que lo hacía sentir… importante. Necesario. No tenía familia y pocos
amigos, y siempre se había asegurado de desaparecer sin que nadie lo notase
realmente. Quizás había estado equivocado.
Entonces,
otra vez, quizás esta fuera la manera en que los Caballeros de la Luz cogían a
sus víctimas, diciéndoles lo que querían oír.
Junsu
enderezó la columna y reforzó su resolución de permanecer inmune a sus
encantos. Alzó la muñeca y los dorados enlaces brillaron bajo la luz de
seguridad.
—Ya
me has encadenado.
Su
boca se alzó en una ligera sonrisa llena de desnudo deseo.
—Ni
de cerca tan estrechamente como quiero hacerlo. Estoy intentando darte tiempo
para acostumbrarte a la idea, pero deja que sea perfectamente claro. Planeo
hacerte mío. Planeo atarte a mí tan cerca como puede estarlo una persona. No
estoy jugando y no aceptaré un no por respuesta.
—Esclavitud.
Mamá tenía razón sobre vosotros. Esclavizáis humanos y los obligáis a hacer
vuestra voluntad.
Él
le dedicó una ronca sonrisa.
—Difícilmente.
Has estado escuchando demasiadas historias a la hora de dormir.
—Sé
lo que eres, Yoochun. No puedes engañarme.
El
deslizó sus manos a lo largo de su columna y se inclinó más cerca. Lo rodeó con
su calor y su fuerza, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió a salvo. Y
totalmente confundido.
Su
boca estaba a nivel con la suya y no pudo hacer otra cosa sino advertir lo
suave que parecía. Esa enloquecida parte suya a la que ya se le había lavado el
cerebro quería que lo besara. La parte sana estaba gritando que huyera antes de
que fuese demasiado tarde.
— ¿Qué
piensas que soy, cariño? —le preguntó.
—Un
asesino.
Que
lo hacía sentirse a salvo, incluso, aunque sabía que eso sólo era un truco.
—Eso
es bastante cierto —admitió—. Pero intento ser selectivo sobre las cosas que
mato.
— ¿Me
estás diciendo que sólo matas a los humanos malos?
—Nunca.
Nunca heriría a propósito a un humano, Junsu. No mientras permanezca siendo yo
mismo.
Junsu
no estaba segura de lo que quería decir con eso, y estaba demasiado distraído
por la sensación de sus cálidos dedos acariciándole la nuca para imaginárselo.
Cada vez que lo tocaba, se sentía bien. Si no tenía cuidado, iba a perderse a
sí mismo. Olvidar su misión.
Tenía
que llevar su coche al complejo donde vivía él. No se atrevía a coger los
explosivos de su coche por temor a que él se imaginara lo que eran y arruinara
sus planes.
— ¿Permanezcas
siendo tú mismo? ¿Qué, eres como Jekyll y Hyde o algo así?
Él
se quedó mirándole la boca y se lamió los labios. Estaba seguro de que estaba
pensando en besarlo. Y Dios lo ayudara, ahora también estaba pensando en eso.
—Algo
parecido a eso —dijo él—. Es hora de irse. No es seguro estar aquí fuera a
plena vista. Siento como si nos estuviesen observando.
Los Kotama.
Casi se había olvidado de ellos. Probablemente estaban vigilándolos ahora,
asegurándose de que había dicho lo que se suponía. Asegurándose de que no
tenían que matarlo también. Le habían advertido lo que sucedería si se volvía
contra ellos… si los Caballeros de la Luz también le lavaban el cerebro.
— ¿A
dónde nos vamos? —preguntó.
—A
un lugar seguro. Donde podamos estar solos.
Solo
con Yoochun. Solo con su besable boca y sexy cuerpo. Solo con su causal fuerza
y tentadoras mentiras.
Junsu
estaba bien jodido.
Ahn
Daniel, mejor conocido como Niel, observó a Junsu alejarse con el Caballeros de
la Luz, dejando su coche y todos los explosivos cuidadosamente preparados
detrás. Papá no iba a estar feliz.
Niel
se tensó mientras esperaba el explosivo temperamento de su padre. Después de
casi treinta años de vigilancia, aprendiendo cuando esquivar los golpes, Niel
sabía que este no tardaría en llegar.
Ahn
Jae Wook contempló a los hombres reunidos en la pequeña casa al otro lado de la
calle del bar donde estaba trabajando Junsu. Sus cejas grises se unieron y Niel
se contuvo antes de que diera un involuntario paso atrás. Desde que su hermana,
Bosung, había sido asesinada por los Caballeros de la Luz, Papá había sido un
hijo de puta, pero Niel ya no era el niño que permitía ser golpeado por el
capricho de su padre. Era un hombre adulto y sabía cómo devolver el golpe. Con
fuerza.
Los
hombres cambiaron incómodamente bajo el duro ceño de Jae Wook. La mayoría de
ellos eran jóvenes y ambiciosos, los hijos de hombres que habían sido miembros
de los Kotama durante años.
— ¿Cuál
de vosotros era el responsable de mantener su coche en funcionamiento?
—preguntó Jae Wook en un seco tono de sargento.
Los
hombres se miraron unos a otros, sin que ninguno hablara.
Niel
dio un paso adelante.
—Le
cambié el aceite hace dos días. Si algo fue mal, no es culpa mía por no
captarlo.
La
piel de Jae Wook se oscureció con furia, y Niel irguió su cuerpo en toda su
altura —cinco centímetros más alto que el hombre que lo había engendrado. Cinco
centímetros más alto y unos buenos dos kilos de músculo más pesado. Niel estaba
muy seguro de que a su padre no se le había escapado esa noticia.
— ¿Todo
nuestro plan se ha ido al infierno porque no pudiste mantener en funcionamiento
un piojoso coche?
Niel
cruzó los brazos sobre su amplio pecho.
—Junsu
es inteligente. Encontrará la manera de contactar con nosotros. Lo
arreglaremos.
— ¿Crees
de verdad que es inteligente? ¿Eres así de tonto, hijo?
—Aparentemente
sí. Supongo que tendremos que tomarnos
algún tiempo y ver quién es el tonto, ¿no?
Jae
Wook se frotó la rasurada cabeza. El pelo gris acerado estaba cortado con tal
precisión que podrían habérselo calibrado con láser.
—Este
era nuestro único disparo para localizar el complejo de los Caballeros de la
Luz. Si lo has jodido, lo pagarás yendo al infierno.
La
historia de la vida de Niel. A estas alturas ya estaba acostumbrado a cargar
con las consecuencias de sus acciones.
—Junsu
encontrará una manera de contactar con nosotros y hacernos saber a donde lo
llevan.
—Mejor
ruega a dios porque eso sea verdad, hijo. De otra manera, voy a encontrar otro
segundo al mando. Nunca hemos estado tan cerca de devolverles el pago por lo
que esos bastardos le hicieron a tu hermana. No toleraré el fracaso.
—Quiero
venganza tanto como tú. No vamos a fallar.
Niel
estaba seguro de que Junsu iba a encargarse de ello. Odiaba a los Caballeros de
la Luz tanto como ellos, aunque por diferentes razones que las cosechas
arruinadas y la tierra envenenada que dejaban a su estela. Los Caballeros de la
Luz habían matado a su madre del mismo modo que habían matado a Bosung
—enviando sus mascotas a despedazarlas.
El
pensamiento de la muerte de su hermana mayor todavía tenía el poder de
mantenerle despierto por la noche. Sólo había tenido cinco años, pero todavía
recordaba mirar a través de las rendijas de la puerta del armario del
dormitorio donde ella le había escondido para mantenerle a salvo. Ella sujetaba
el rifle que había recibido por navidad en sus manos, manteniéndolo estable.
Había esperado hasta el último segundo para disparar, sabiendo que un disparo a
quemarropa era la mejor oportunidad que tenía de derribar al enorme monstruo.
Pero esa ronda no hizo nada contra la enorme bestia de colmillos que la
destrozó. Si Jae Wook no hubiese entrado con más capacidad armamentística, Niel
habría sido el siguiente.
Niel
sabía que su padre le condenaba por la muerte de su hermana tanto como él
condenaba a los Caballeros de la Luz por enviar a la criatura que la mató. E
iba a hacer justamente eso. Niel era el único que se quedaba jugando en el
patio de fuera después de que anocheciera cuando era consciente de lo que eso
significaba.
Él
era la razón por la que ese monstruo los había encontrado.
—No,
no vamos a fallar —dijo Jae Wook—, pero tú quizás sí. No pienses que te daré
cualquier oportunidad de holgazanear sólo porque eres mi hijo.
Una
aguda banda de pena se apretó alrededor del corazón de Niel, a pesar del hecho
de que sabía que eso no era bueno.
—No,
Papá. Ese pensamiento ni siquiera cruzó por mi mente.
Este fic es una adaptación, no es mío,
yo sólo lo adapto. OJO NO ES MÍO YO SÓLO LO ADAPTO. ORIGINAL: HUYENDO DEL MIEDO-
SHANNON K. BUTCHER. PAREJA PRINCIPAL: YOOSU.
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